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Historia Corta - Palabras diferentes pero con un mismo significado, iniciando una nueva amistad

Estábamos ahí los dos, una habitación desnuda. Sabíamos que el propósito por el que nos encontrábamos en el lugar era simple. Si hace unos meses me hubieran planteado la idea de un encierro con lo desconocido, me hubiera burlado de ello. Nuestras lenguas, físico, pensamiento y estatus eran muy diferentes, aunque nuestra situación era la misma. Primero llegué yo, estaba disfrutando de los jardines cuando todo se torno oscuro, al poder observar lo que había en mi alrededor solo encontré una habitación, grité todo lo que pude, sin embargo, nadie llegó a mi ayuda. Las comidas eran escasas y la higiene era casi nula. Los días pasaron, pero nada cambio, parecía que me encontraba en la oscuridad completa y una soledad que me consumía lentamente. Un día llegó él, su vestimenta era diferente, aunque sus rasgos distintivos lo hacían muy atractivo. A juzgar por las pocas joyas que le permitieron quedarse, su estatus social era alto. La habitación se volvió una cárcel callada, a pesar de mi nueva

Historia Corta - ¿Quién mató a Emily?

 Es un día caluroso, un cielo sin nubes es iluminado por un sol tan brillante que puedes sentirlo penetrando tu piel, la gente camina despreocupada por la calle y se puede escuchar el ruido de los autos y de los pájaros en las azoteas. O al menos así imagino que sería mi día de no estar atrapado en este agujero de mierda.

Ni siquiera puedo recordar cómo llegué aquí. No sé cuánto tiempo he estado encerrado (¿un minuto?, ¿una hora?, ¿un día?) y lo único que puedo hacer es intentar cobrar sentido de lo que me rodea.

Me encuentro sentado en una cama demasiado pequeña e incómoda para mí (lo sé, lo sé: estoy atrapado en un infierno y el primer pensamiento que pasa por mi cabeza es éste, lo siento). Me incorporo de la cama, haciendo crujir el suelo de madera bajo mis pies, y noto una solitaria bombilla en medio del techo, alumbrando tenuemente las paredes recubiertas por un horrible tapiz color rosa chillón. Lo peor de todo son las ventanas: no hay ninguna.

Al menos la bombilla solitaria y el tapiz chillón me permiten tener una visión más clara de los objetos que me acompañan. Frente a mí puedo apreciar un collage de dibujos hechos con crayones y dispuestos sin ningún cuidado por el muro: dibujos de personas, tal vez una familia (Dios, lo que daría por ver a mi familia en este momento). A mi izquierda hay una imponente puerta de acero, a la cual me acerco de un salto rápido y la fuerzo para confirmar que se encuentra cerrada firmemente (¡qué sorpresa!). Finalmente vuelvo mi cabeza hacia atrás para observar junto a la cama una mesita de noche sobre la que se halla posada una lámpara y una pequeña muñeca de trapo.

La muñeca es fea y poco especial, se nota que sus mejores momentos han pasado hace mucho, pero aun así no puedo evitar sentir un poco de simpatía al verla. Después de todo, ella también ha sido encerrada y olvidada a su suerte. Quizá a mi hija le guste esta muñeca: siempre le ha gustado los objetos extraños y viejos, no sé de quién lo habrá sacado.

¡Oh no! Mi hija. Mi esposa.

¿Qué le habrá pasado a mi familia? ¿porqué mi estúpido cerebro no puede recordar nada? ¿quién es tan cruel como para separarme de todo lo que amo sin ninguna explicación? La nube de mis pensamientos hacen que el aire se vuelva cada vez más denso. Me siento en la cama, comienzo a estrujar mi cabeza lo más fuerte que puedo y cierro los ojos hasta que veo estrellas. Empiezo a balancearme hacia delante en un intento por controlarme, pero es muy tarde: estoy sucumbiendo a la desesperación, tal vez nadie vendrá a salvarme, tal vez nunca recuerde lo que le pasó a mi familia, tal vez…

-¡¿Te puedes calmar por un momento?! Me estás poniendo los pelos de punta -escucho una voz de mujer. Joven, agradable y dulce, pero con un aire imponente.

Abro los ojos. No hay nadie en la habitación conmigo. Se me ocurre que la voz pudo haber venido de fuera pero me doy cuenta de que eso no es posible: la voz es demasiado nítida para provenir de otro lugar que no sea la misma habitación, es como si la hubiera escuchado justo a mi…

-Bien, has despertado. Tranquilo, sé que estás asustado en este momento. Pero pronto ya no tendrás nada de qué preocuparte.

¡La muñeca! ¡La muñeca ha hablado! Me estoy volviendo loco, es lo más seguro. Y aun así, no puedo evitar sentir alivio al tener alguien que acompañe mis oscuros pensamientos. 

-¿Qué está pasando? -le pregunto intentando sobrellevar mi confusión- No entiendo dónde estoy, ni lo que hice para merecer esto. Por favor, sólo quiero salir de aquí -en este punto me acerco a la mesa y apoyo mis manos sobre su superficie,  a ambos lados de la muñeca. ¡Si pudieras verme ahora! Un patético y desesperado hombre rogándole a un juguete imaginario.

-Así que no recuerdas nada, ¿verdad? -me dice la muñeca- Bueno, antes que nada me gustaría introducirme. Mi nombre es Emily, pero puedes llamarme Emmy. Fui asignada para cuidarte y  hacerte compañía mientras estás encerrado aquí.

-¿Estás loca? Eso no tiene ningún sentido, ¡quiero saber que está ocurriendo ahora mismo! - mis manos aprisionan a la estúpida muñeca y la empiezo a sacudir de forma frenética.

-Perder la calma no te ayudará. ¿Puedes dejar de ser tan idiota por un momento y dejarme explicarte todo? Vamos, tenemos tiempo, no es como vayas a salir de aquí pronto- a pesar de que su boca no se mueve, puedo ver la sonrisa asomada en su voz.

Me detengo. 

Tiene razón. No tiene sentido pelear con un pedazo de tela, mucho menos en esta situación. Así que respiro profundamente, deposito a la muñeca donde estaba y le digo:

-Está bien...Emmy. Me calmaré. Sólo ayúdame a comprender qué es este lugar. ¿Sabes dónde está mi familia?

-Sé que tienes muchas preguntas. Pero para obtener respuestas primero tienes que recordar quién eres. Primero que nada, ¿sabes cómo te llamas?

Después de considerarlo un poco, decido seguirle la corriente:

-Mi nombre es Abraham Johnson. Tengo 35 años y soy originario de Cleveland, Ohio, pero llevo casi 20 años viviendo en Austin, Texas. Soy parte de una compañía constructora y tengo una esposa y una hija.

-Bien, estamos progresando. Ya que mencionas a tu familia, ¿cuál es la memoria más reciente que tienes de ella?

Me quedo pensando por un momento. Recuerdo a mi hija. Se llama Abigail y acaba de cumplir 7 años. Su piel es aceitunada como la de su madre, además de que tiene sus ojos (aquellos hermosos ojos verdes que irradian alegría e inocencia) y su cabello negro y sedoso; es una pena que haya sido maldecida con la misma nariz larga y respingada que yo, pero qué importa, no la hace menos hermosa. Eso sí, que no te deje engañar su ternura, esa niña es un demonio. Siempre está corriendo de un lado a otro queriendo ver y tocar todo a donde sea que vaya, lo que vuelve mi trabajo muy agotador. Claro que eso no me hace quererla menos. Después de todo, es mi pequeña.

Ahora mi mente empieza a divagar hacia mi mujer. Dios, es tan bella. Recuerdo el primer día que la conocí: era una noche solitaria en un pequeño bar de la ciudad y me disponía a abandonar temprano el lugar después de una pelea con algún desconocido (ni siquiera recuerdo por qué fue, quizás sólo tenía ganas de golpear algo). Cuando estoy en la calle, ella sale del bar, se acerca y me dice: “Bonito espectáculo armaste ahí dentro”. Vestía como una chica cualquiera en un bar de mala muerte, pero eso no impidió darme cuenta de que que lo especial que era. Creo que fue su mirada; sí, definitivamente esa mirada tan brillante y seductora fue lo que evitó que me fuera indignado en ese mismo momento. “He tenido días peores, el dueño lo olvidará en poco tiempo”, le dije mientras encendía un cigarrillo. Ella sonrió:  “Sí, bueno, estoy segura de que el otro tipo tendrá problemas olvidando este día cada vez que se toque las pelotas”, se acercó más hacia mí, atravesando la cortina de humo que nos separaba. No pude evitar devolverle la sonrisa. 

Siempre he tenido problemas para dejar entrar a la gente en mi vida. Soy hijo único, mi padre me abandonó antes de que aprendiese a hablar y mi madre prefería drogarse junto con su novio en turno a cuidar de mí (para ser honesto, nunca lamenté cuando murió sola y abandonada en su triste apartamento), nunca he tenido amigos íntimos ni otro tipo de parientes. Como te habrás de imaginar, mi vida ha sido algo turbulenta y solitaria. O al menos lo era hasta que conocí a Kate. Ella era la chica perfecta para mi: sabía cuándo dejarme solo con mis pensamientos, conocía todos mis hábitos y cada aspecto de mi personalidad, además de que nunca perdía el control cuando me entraba un ataque de ira. Claro que teníamos problemas como toda pareja (ella siempre me reclamaba lo distante que podía llegar a ser), pero siempre supimos resolverlos y hacer las paces. Cuando llegó Abigail tuve miedo de que nuestra relación se viese afectada, pero Kate supo cómo manejar todo, a diferencia mía. Yo nunca he sabido ser un buen padre, y sin embargo siempre he intentado hacer todo lo que puedo para que mi hija sea una persona respetable, no importa cuán duro tenga que ser, o cuánto tenga que sacrificar.

¡Eso es! Todo esto me ayuda a recobrar mis memorias más recientes. Volteo a ver a Emily y le digo:

-Lo último que puedo recordar es una noche dónde arropé a mi hija y fui a dormir. Puedo recordar que había una tormenta, y que a pesar de los truenos logré escuchar a Abigail gritando desde su habitación. Me desperté y vi que mi esposa no estaba en la cama. Así que rápidamente me dirigí a la habitación de Abigail y…

De repente la habitación en donde estoy pierde todo su calor. Mi pecho y estómago se comprimen en una bola de pánico y desolación. La nube dentro de mi cabeza empieza a llenar el cuarto de nuevo y lo único que puedo ver es a Emily mirándome fijamente con sus ojos de botón, esperando a que continúe.

-Mi Abbie...Kate… Mi pobre niña sostenía en brazos a su madre… desangrándose en el suelo -ni siquiera pienso en lo que digo, sólo sé que es lo que Emily espera oír-. Lo único que pude hacer cuando llegué fue observar cómo el hombre parado detrás de mi hija...le disparaba en la cabeza con una pistola…- la voz se me empieza quebrar- Y… y luego se mira las manos con horror...-¿horror por qué? ¿por lo que acaba de hacer? ¿cómo puede sentir pena alguien así? Siento cómo mis lágrimas empiezan a quemarme la cara como carbón ardiendo- Ni siquiera lo pensé... me lanzé contra el hijo de puta y aplasté su cabeza con una lámpara…

El infeliz no se defendió, sólo dejó caer el arma y se quedó tirado en el suelo como si esperase morir. No pudo darme la satisfacción de su sufrimiento...

Ya no lo soporto más. Me cubro la cara y rompo a llorar desconsoladamente. De repente sé exactamente dónde estoy. Puedo escuchar las sirenas afuera de mi casa. Puedo sentir los fríos aros de metal cerrándose sobre mis muñecas, percibo unas manos dirigiéndome hacia el exterior de mi casa y arrojándome al interior de un coche de policía mientras la gente en el exterior grita cosas sin sentido.

Me descubro la cara y de repente ya no estoy en la habitación de mi hija. El suelo es de concreto, las paredes no son rosadas sino blancas completamente, los dibujos y la mesita han desaparecido y han sido reemplazados por una tabla de madera clavada al muro a modo de escritorio, un retrete y un lavabo (ambos hechos de metal). Lo único que no ha desaparecido es la puerta de acero y Emily, ahora posada encima de la tabla y siempre penetrándome con su mirada.

Esto no tiene sentido. ¿Por qué fui arrestado yo? ¿No era obvio que el otro hombre me había despojado de los dos amores de mi vida? Yo lo único que hice fue defenderme, no es muy difícil entender eso. Si tan sólo pudiese recordar un poco más…

-¿Y sabes quién era este hombre? ¿Tienes algún recuerdo anterior de él?- pregunta Emily, leyendo mis pensamientos. La miro fijamente.

Recuerdo a esta muñeca. Mi hija estaba obsesionada con ella. Un día Kate y Abbie la trajeron a casa. “Su nombre es Emily, pero yo le digo Emmy” me decía Abbie. Les pregunté de dónde la habían sacado y Kate sólo mencionó que había una tienda a dos cuadras de donde estábamos: “No tiene importancia, Abe. Es sólo una muñeca”. 

¿Por qué recuerdo esto...? ¡Su mirada! Kate me miraba de forma efusiva, incluso culpable. Otra oleada de recuerdos me sacude:

-¡Yo conocía a ese infeliz! ¡Mi esposa tuvo relaciones con ese bastardo...! Cuando lo descubrí estuve a punto de dejar a Kate, pero ella no pudo separarse de mí, ni yo de ellas… Decidimos dejarlo todo atrás y empezar de cero, yo sería un mejor esposo, un mejor padre...

    -Y sin embargo ese hombre nunca pudo perdonar a tu pareja -Emily prosigue por mí-. El tiempo pasa y una noche, lleno de odio y resentimiento, decide entrar a tu casa y asesinarla a ella y a tu hija.

     -¡Exacto! -ya no sé cómo debería sentirme ante todo esto. ¿Aliviado por poder recordar?, ¿desconsolado?, ¿enojado?-. Pero eso no explica porqué estoy aquí. No entiendo cómo podría haber acabado en prisión si…

    -Mira, no te conviene saber más de lo que te he dado. Créeme, es por tu bien. Lo único que quiero es protegerte…

    -¡¡¡No!!! -me levanto repentinamente de la cama- Tú empezaste esto, ¿y ahora lo único que quieres hacer es protegerme? -.agarro a la muñeca por el cuello lo más fuerte que puedo, como si la estuviera ahorcando. Ya nada me importa, lo único que quiero es destrozarla , acabar de una vez con todo- ¡¡¡Tú empezaste esto!!! -le repito en la cara.

    De repente, sus ojos de botón salen disparados de su cara y son reemplazados por dos chorros de un líquido rojizo que se deslizan por su cara a modo de lágrimas. Unas gotas me salpican en la cara y puedo sentir el sabor metálico de la sangre. Rápidamente suelto a la muñeca y me miro las manos llenas de sangre. Me las empiezo a tallar frenéticamente contra el overol naranja. Esto es una pesadilla, no veo cómo... 

    ¡Click!

    Me volteo hacia la puerta para ver cómo se abre lentamente, dejando pasar a un hombre de mediana edad en uniforme de policía. Su expresión es solemne y seria.

    -Abraham M. Johnson, es hora - me dice, y entra a la habitación para rodear mis manos con unas esposas. Yo me quedo quieto y no opongo resistencia, sólo agacho la cabeza, reconociendo mi destino. El guardia no repara en mis manos ensangrentadas, ni en la muñeca tirada en el suelo (cómo lo va a hacer, si todo eso está en mi cabeza).

    Otros cuatro o cinco hombres entran a la celda y me escortan a la habitación de al lado. El camino no es largo (unos 3 metros), y aún así puedo sentir cada paso que doy, cada latido de mi corazón, cada respiro que despide una parte de mi alma.

    La puerta de la habitación donde me llevan se abre.

Dentro que hay más personas esperando, pero lo único en que me puedo concentrar es en la camilla con correas de cuero en el centro.

    -Siéntate y recuéstate en la camilla -me ordena uno de los hombres que me acompañan. Obedezco sin rechistar. Siento como si mi alma abandonara mi cuerpo y puedo ver desde el exterior cómo atan mis extremidades fuertemente con las correas.

    Pasa un tiempo, otro hombre me pregunta:

    -¿Quiere decir sus últimas palabras?

    Ahora lo comprendo todo. Siento un vacío en el estómago, mis manos tiemblan y mi cabeza da vueltas. No quiero morir, no quiero morir, ¡no quiero morir!

    Y aun así sé que me lo merezco. 

Lo acepto. No pude contenerme esa noche y ahora estoy pagando el precio. Es sólo que no podía soportar la idea de estar solo otra vez, de mirarme al espejo todo los días y volver a ver ese perdedor sin nada por lo que vivir. El infeliz quería arrebatarme todo mi mundo… y yo...no lo podía permitir… y ahora todo lo que puedo decir es:

    -Lo siento, Abbie -.

Dios, si hubiera sido un mejor padre, un mejor esposo, una mejor persona, tal vez las cosas serían diferentes. Pero no lo son. Mi único consuelo es que ya no me tengo que preocupar por nada de eso, ahora puedo descansar.

Mi cuerpo se relaja. Mis manos dejan de temblar, el vacío de mi estómago desaparece y mi cabeza tiene un último momento de claridad.

Un hombre en uniforme de hospital entra con un bandeja metálica, sobre la que se hallan distintas jeringas. Levanta una, la prepara y se me acerca.

Siento la aguja deslizarse por mi brazo y cierro los ojos. En mis últimos momentos lo único que puedo ver es a Emmy abandonada en el suelo de la celda contigua, la cara cubierta con sus lágrimas de sangre, aguardando mi muerte pacientemente. 

Resignada, como yo, al castigo que se nos ha dado…






Hola.

Soy Emmy.

Escucha, no tenemos mucho tiempo (el veneno hará efecto en cualquier momento), pero sé que todavía tienes dudas y creo que te debo una explicación ahora que Abraham ya no puede escucharnos.

Si te hace sentir mejor él nunca quiso matar a su propia hija.

Cuando Kate lo abandonó, su ira se apoderó de él hasta el punto de no pensar en nada más que su venganza. Encontrarlas no fue difícil. Sólo tuvo que seguir a su esposa desde su trabajo hasta la casa de su amante. Entonces decidió comprar un arma y una noche tormentosa aprovechó el momento para escabullirse en la habitación de Abbie. Nunca se detuvo a pensar en lo estúpido de su plan. Él sólo quería hacerse cargo de las dos personas que tanto daño le habían hecho y recuperar lo que le pertenecía.

Y cuando entró por la ventana (después de todo, sí había una ventana en la habitación) se encontró de inmediato con una de ellas. 

Su mujer se encontraba de espaldas arropando a Abbie, quien me estrujaba con ternura y cariño contra su cuerpo. De repente, ambas escucharon un golpe seco por detrás.

Kate se volteó y miró estupefacta a una figura demoníaca, iluminada tenuemente por la bombilla solitaria del techo. Supongo que creía que estaba teniendo una pesadilla. Dio unos pasos al frente con cautela para reconocer la cara de la silueta.

-¿Abe? -Kate levantó las manos a modo de escudo cuando notó la pistola que sostenía su exmarido-. Abe, no sé qué pretendes hacer pero por favor te pido que…

Abraham no necesitaba escuchar más de ella. Ya lo había hecho sufrir demasiado. Le disparó a su mujer tres veces: dos balas en el pecho y, cuando su cuerpo se encontraba tendido en el suelo, una más en la cabeza.

Abbie gritó y saltó de la cama. Corrió hacia el cadáver de su madre y cayó de rodillas junto a ella. No entendía nada de lo que estaba pasando. En ningún momento dejó de abrazar mi cuerpo de algodón. Ambas estábamos cubiertas de sangre.

Abraham se acercó a su hija y se agachó. Ella lo miró llena de miedo.

-Tranquila, pequeña -le dijo Abe-. Pronto estaremos juntos en algún lugar lejos de aquí y verás cómo nuestras vidas finalmente se arreglarán.

Abraham intentaba acariciar la cara de su hija cuando escuchó la puerta del cuarto abrirse de un portazo detrás de él. Se volteó para ver a la segunda persona que había arruinado su vida.

Los dos hombres se miraron aturdidos sin saber qué hacer.

Antes de que Abraham pudiera levantar el arma, el otro hombre se arrojó contra él y los dos cayeron en un violento abrazo.

Abraham intentaba apuntar el arma hacia la cabeza del hombre, pero éste se resistía. Abe comenzaba a cansarse, su oponente era más fuerte y lentamente se iba apoderando de él…

¡BANG!

Los dos se quedaron paralizados mientras veían cómo el cuerpo de Abigail golpeaba el suelo. En ningún momento me separé de su lado.

Abraham fue el primero en actuar. Rodó sobre sí mismo y en segundos se encontraba encima del otro hombre, apresándolo. Empezó a desfigurar su cara una y otra vez, primero con los puños y luego con una lámpara que encontró arriba de la mesita de noche junto a él. Se olvidó completamente de su arma; no la deseaba ni la necesitaba, lo único que quería era golpear algo. 

Una vez descargada toda su ira, se levantó para admirar los tres cadáveres tendidos en el suelo de madera y se miró las manos ensangrentadas, su cara llena de horror.

Abe no se movió del lugar hasta que los policías irrumpieron en la casa para sacarlo al jardín delantero. A pesar de que la tormenta era estrepitosa, se podía escuchar a la gente gritar desde lejos: "¡Asesino!", "¡Eres un monstruo!", "¡Ojalá te mueras!" En este punto el vecindario ya se había dado cuenta de lo ocurrido. Así, Abraham realizó su camino hacia el coche de policía rodeado por la lluvia, los truenos y un bullicio de personas que deseaban a gritos su muerte.

Ya en el juicio, él nunca se defendió. Recibió la sentencia de muerte sin rechistar y por quince años esperó su castigo con ansias.

Tienes que entenderme. Abe nunca pudo soportar ni aceptar lo que había hecho, así que tuve que actuar, al menos tenía que intentarlo. Después de todo, ser la víctima de tu historia siempre es la manera más fácil de vivir contigo mismo. 

Por favor, no te enojes conmigo. Sé que sus acciones han sido de lo peor, no te pido que lo perdones. Pero él ya ha sufrido demasiado, incluso ahora. Yo no podría haberme permitido torturarlo aún más. Piensa todo lo que quieras de él, pero yo no soy un monstruo.  

¿Y tú?

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