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Historia Corta - En la boca del León

Un mundo caleidoscopio colapsaba rápidamente sobre sí mismo, fuertes colores brillantes repentinamente chocando con grises casi blancos, rostros deformados lentamente en criaturas demoníacas, retomando formas humanas y nuevamente perdiendo las facciones reconocibles, lugares que se transformaban en arena, todo se lo tragaba la inmensa oscuridad que avanzaba a través de figuras hexagonales, como un túnel de luz, daba la impresión de que debía terminar pero nunca lo hacía, aparecía una figura que no entendía, cambiaba rápidamente de forma, un teseracto luminoso extendiéndose cada vez más.
Alana Hicks despertó súbitamente, sentía como si hubiera caído de una distancia muy alta, las extremidades le dolían como si las hubiera trabajado por horas continuas, lentamente movió la mirada, estaba en su apartamento, bañada en el sol que entraba por el enorme ventanal, las persianas metálicas se habían despejado a los primeros rayos gracias a los sensores externos, el enorme cuarto bla…

Historia Corta - Reina de la mala suerte

Resumen:
Viviana tiene una vida marcada por la mala suerte, no importa todo lo que intente para cambiar eso, es algo que ha tenido toda su vida y que la marcara por siempre. Ella piensa que nunca lograra nada debido a su condición. Ni progresar profesionalmente, ni tener amigos, ni casarse, ni nada. Está atada a lo que piensa es una maldición que nunca la dejara ser alguien normal. Esto la lleva a creer que lo más seguro para todos y el único camino por el que la llevara su vida, es a la muerte. Vaya que tenía toda la razón.

Creo que empezaré esta historia diciendo que todos llegamos al mundo con un propósito. Eso he aprendido con el tiempo. Pueden ser cosas simples como conocer o hablar con alguien, cosas más importantes como crear algo que revolucione el mundo, o en el caso de esta historia, ser el recipiente de algo.

Viviana era una mujer hermosa. Tenía veintitrés años en ese entonces. Cabello castaño ondulado y largo, llegando a estar debajo de sus hombros. Piel pálida. Y su altura rondaba el metro con sesenta.
Ella, como todos, nació con un propósito. Uno muy importante: había nacido para encarnar y mantener guardada en su ser toda la mala suerte del mundo. A donde ella fuera, todos sufrían accidentes o malestares que les causaban un mal rato. Ella no podía ser víctima de su propia mala suerte, sería algo muy contradictorio. Ahora, el asunto era que Vivi había llegado al mundo sin tener a nadie que le explicara quien era ella y la función que debía tener en la vida de los demás. Eso la hacía sentir solo una humana más, una que cargaba una terrible maldición que atormentaba su vida a todas horas.

Estaba harta de todo eso. Desde muy temprana edad supo que eso no era alguien normal, y lo que más deseaba era deshacerse de esa terrible condición que tenía desde que tenía memoria.

Ella no podía tener una vida cualquiera, no mientras fuera un recipiente de malas energías. Durante los distintos trabajos que había conseguido, clientes y compañeros terminaban enfermos; en la escuela, sus maestros se golpeaban con todo a su paso y sus compañeros tropezaban o caían de sitios altos; y en las pocas relaciones que hasta entonces había tenido, sus novios resultaban muy lastimados por cualquier cosa y terminaban alejándose de ella por miedo.

A ese paso al que su vida avanzaba, pensaba que nunca tendría algo o alguien estable con ella. Incluso las mascotas que había tenido no duraban mucho tiempo. Le lastimaba ser la causante de tanto dolor, y pasaba días enteros encerrada en su apartamento para no salir ni arruinar la vida de los demás. Porque Viviana creía que ella era una desgracia andante, una que no debía de haber existido nunca y sin la que todo el mundo estaría mejor. Era tan triste que cada mañana al verse al espejo, esperara que este se rompiera, era extraño que no sucediera, pues parecía arruinar todo lo que sus dedos tocaban.

Finalmente, el dia de su cumpleaños número veintitrés falto a sus clases en la universidad y en su lugar fue hasta el mirador de la ciudad. Estuvo al borde de la barandilla un par de horas, viendo el bello paisaje que se notaba desde las alturas. Pensando en cómo todos tenían vidas normales y no se preocupaban por causar daño involuntario. 

Recordaba como en sus años de preescolar las mamás de sus compañeros le gritaban que no se acercara a sus hijos; como al querer jugar con sus primos y vecinos todos acababan lastimándose, menos ella; en cuando dio su primer beso y su ahora ex novio termino siendo atropellado; el dia en que su familia había ido a la cafetería donde trabajaba y todos ahí terminaron en el hospital por intoxicación.

Su vida era horrible. Se consideraba la persona más desafortunada en el mundo. Y ese era un pensamiento que noche tras noche, incluso en ese preciso momento, la hacía sollozar de manera silenciosa, como si las lágrimas fueran a cambiar su condición.

Pero ya había tenido suficiente, no aguantaría más la mala suerte que arrastraba su vida. Le daría fin a eso, uno que la salvaría y a todos los que la rodeaban. Con esas ideas repitiéndose en su cabeza, se impulsó del barandal y consiguió llegar al otro lado quedando solo con cinco centímetros de suelo bajo sus pies, seguidos de un vacío que le aseguraba una muerte dramática y dolorosa.

Cerró sus ojos y respiro hondamente, considerando que esas serían las últimas exhalaciones que daría. Cerro sus ojos de nuevo, dejando que más lagrimas resbalaran hasta su quijada y cayeran hacia el largo camino cuesta abajo que ella recorrería dentro de pocos segundos.

Se inclinó hacia adelante, soltando su primera mano y quedando solo con un agarre y un pie sujetos a la estructura, casi como si vacilara el hacerlo o no. Pero su desicion ya había sido tomada. Veintitrés años de dolor y soledad la habían convencido que esa era la única salida, y estaba dispuesta a no retrasarlas más. Por fin, cuando movió sus dedos y consiguió soltar su último agarre, pudo vivir en cámara lenta como la gravedad hacia su trabajo y la jalaba hacia el suelo que se hallaba veinte pisos abajo. Dejaría de sufrir, y eso era suficiente para que no sintiera ningún tipo de miedo.

Sin embargo, una mano la sujetó fuertemente de su antebrazo y le impidió caer por completo. Vivi frunció sus cejas con confusión y se giró a ver con una mezcla de duda y molestia quien se había atrevido a detener su suicidio. Del otro lado de la barandilla, un hombre de negocios bastante alto, pálido y de cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás era quien la mantenía sujeta. Su rostro era tranquilo, casi sin mostrar ninguna emoción.

Viviana no dijo nada, el tampoco. Pero cuando la situación se empezaba a ver demasiado extraña, el hombre se decidio a dar el primer paso:

Me parece que alguien tan joven debe pensar en soluciones, no en tirarse de un edificio— dijo sin cambiar su inexpresivo rostro.

Ella aparto la mirada hacia otro punto dentro del observatorio y volvió a sujetarse con ambas manos de la barra metálica.

Eso intente hacer por años. Puede ver que no me sirvió de mucho.

Entonces, ¿Qué tal algo menos extremo? — comento el mientras la seguía sosteniendo con fuerza. Por primera vez, el formo una pequeña sonrisa mientras remarcaba su mirada en ella —Mejor regresa a este lado antes de que todos se den cuenta. No creo que quieras ser el centro de atención.

Sin saber cómo aquellas palabras lograron convencerla de botar el plan de suicidio que había maquinado durante semanas, asintió lentamente y con ayuda del extraño volvió a saltar la baranda hasta quedar junto al él.

Mucho mejor— admitió el más alto, a quien Vivi pudo ver de cierta forma más tranquilo —. Ahora, asumiendo que ya no somos un par de extraños, ¿te gustaría platicarme por qué estabas por saltar a… los brazos de la muerte? Sin presiones. Te invito una crepa.

Casi cuatro horas más tarde, luego de comer esas crepas y de confesarle (casi como si él fuera su psicólogo) la desgracia que era su vida, ambos estaban caminando sin rumbo fijo por la ciudad hablando de sus vidas y sus pasatiempos. Conociéndose. 

Por mucho rato, Vivi temió que a aquel amable hombre que la había ayudado se viera afectado por su mala suerte, pero para su sorpresa, aunque miles de cosas raras pasaron alrededor de ellos, ninguna le afecto lo suficiente como para dejar de hablar ni de prestarle atención a ella.

Él se llamaba Marcus, tenía treinta años y por lo que le había contado, viajaba constantemente a todas partes del mundo. Lo más graciosos, fue enterarse que entre sus trabajos estaba el de vender seguros de vida. Ella igual se presentó, y en cuanto él supo que aquel dia era su cumpleaños se ofreció a llevarla por un regalo, aunque sintiendo que ya era demasiado Vivi se negó amablemente.

Ninguno se dio cuenta en que momento habían intercambiado sus números de teléfono, ni tampoco información más privada como donde trabajaba Marcus o donde estudiaba Viviana. Solo lo notó dos días después, cuando Marcus le mando un mensaje avisándole que estaba afuera de la universidad, esperándola para invitarla a ir por un helado.

Vivi no sabía si era solo ella quien pensaba que aquella amistad se había dado muy rápido, pues el mayor siempre se veía relajado y contento, como si nada le preocupara. Aunque la verdad, cuando estaba con él, incluso llegaba a olvidarse de su mala suerte. Y eso nunca le había pasado.
Eso la volvía muy feliz.

Si su amistad se había visto repentina, eso no paso de nuevo cuando Marcus volvió a dar el primer paso para llegar al siguiente nivel. 

Casi seis meses llevaban de conocerse, durante los cuales ambos permanecieron siempre en contacto y saliendo a diferentes lugares, claro, cuando el trabajo y la escuela se los permitían. 

Cuando no paseaban porque él estaba de viaje, se enviaban mensajes y realizaban video llamadas que llegaban hasta las dos de la mañana. Ella siempre intentaba darle pequeños detalles amistosos, como juntarse con su madre y hacer galletas para regalarle; lo horrible venia cuando todos los que las comían terminaban enfermos del estómago.

Incluso, cuando su autoestima volvía a bajar y ni el pensamiento de Marcus conseguía sacarla de sus trances de culpabilidad referentes a su mala suerte, momentos en los que reconsideraba la idea de acabar con su existencia, él aparecía de la nada y la invitaba a parques de diversiones o al acuario para distraerla de esas raras ideas; ambos parecían amar ese lugar y ver a los peces nadar juntos.

Un dia en el que habían acordado verse en la plaza central, él se apareció entregándole un ramo de camelias rosas y una caja de bombones que había traído de su último viaje. Viviana acepto los regalos con una cálida sensación en el pecho; había tenido la suficiente experiencia para saber que eso significaba que aquel hombre empezaba a gustarle. La idea no le desagradaba, pero temía por el bienestar de Marcus.

Casi de inmediato, un enjambre de abejas fueron atraídas por las flores y empezaron a volar a su alrededor. A ella no le iban a picar, sabía que no lo harían, pero su inquietud estaba puesta en el azabache. Sin embargo, se sorprendió cuando lo vio de pie en medio del ataque sin recibir ninguna picadura, tal como ella; solamente espantando a algunas que se acercaban demasiado. Al contrario de todos alrededor de ambos, quienes corrían despavoridos y tosiendo horriblemente.

Cuando las salidas amistosas se volvieron citas, Vivi empezó a notar algo que había ignorado todo ese tiempo, por alguna razón: y era que todas las personas y animales que pasaban junto a Marcus empezaban a toser o a verse muy débiles. Incluso ese dia un hombre mayor había chocado con él por accidente y poco después había tenido un ataque cardiaco. A ella le recordaba como lo que le sufrían quienes se atravesaban en su camino, sufrían accidentes y ese tipo de cosas de “mala suerte”.

Vivi empezó a ver eso con más frecuencia, sobre todo cuando estaban almorzando al aire libre en algún restaurante. Del lado de Marcus todos se veían enfermos y decaídos, y del suyo las demás personas se accidentaban o lastimaban. Era algo muy raro, y sabía que era cuestión de tiempo para que los demás se dieran cuenta y estuvieran en contra de ambos.

La noche en que Marcus le pidió que fueran novios, la clasifico como… sorprendente. Pero en el sentido de la propuesta, sino en lo que había pasado después.

Ansiosa por lo que ocurría alrededor de ambos, aparto la caja de regalo que él le ofrecía y le dijo que antes tenía que contarle algo. Asi, Vivi le confió que ella era alguien que llevaba mala suerte a todos a su alrededor, que no sabía cómo detenerlo, y que no quería lastimarlo a pesar de que el parecía ser inmune a su condición.

Pero también, ella se sorprendió cuando él le dijo que ya lo sabía y que también debía decirle un secreto, uno que tenía que ver con su persona y su trabajo:

Marcus no era un hombre de negocios común y corriente, de hecho, ni siquiera estaba seguro que la palabra hombre se adecuara a él. Al igual que ella, era una especie de recipiente que llevaba algo y que con cada paso que deba eso se esparcía a la gente a su alrededor, solo que lo suyo era algo mucho más serio y que no le permitía quedarse en un lugar por mucho tiempo. Pero sobre todo, que él había sabido su propósito desde siempre.

Marcus era la muerte.

El dia en que la había detenido de suicidarse, él ya sabía que alguien moriría lanzándose desde lo más alto del mirador, por eso había llegado ahí: tenía que recoger el alma del recién fallecido. 

La vio llegar, y la vio caminar hacia la parte exterior; pero en cuanto ella pasó junto a él… pudo sentir la enorme y pesada energía que había en su interior, una mala suerte que equivalía a la total en todo el planeta tierra y que dejaba enormes manchas a su paso y afectaba en sobremanera a los demás. Justo como era él.

Por el rato en que ella solo veía el paisaje, él la veía a ella, teniendo una lucha mental de si dejarla morir o rescatar al único ser como él que había encontrado. Y cuando la vio soltarse del barandal, aceptando su fin y que él recogiera su vida, corrió hasta ella y la detuvo. A ella no podía dejarla morir.

Queriendo seguir en contacto con Vivi fue que empezó a hacerle visitas a la universidad, asi como a invitarla a comer o a pasear. 

Marcus se había sentido alguien aislado de los demás por siglos, sintiendo el odio y la tristeza de las personas cuando les quitaba a sus seres queridos. Pero con Viviana a su lado, aquello parecía ser más fácil de sobrellevar.

Siempre debía haber un poco de mala suerte antes de que una tragedia que costara vidas ocurriera, de ahí el dicho “En el lugar equivocado, en el momento equivocado”. Eso eran Marcus y Vivi, el complemento final del otro. Cuando él entendió que ambos debían permanecer juntos, ya estaba más que enamorado de la chica con la peor suerte del mundo. Esa revelación solo sirvió para hacerle entender que no debía perderla, o ambos quedarían atrapados de vuelta en sus mundos. Marginados.

A pesar de estar lejos recogiendo almas, él podía sentir cuando Vivi tenía o iba a sufrir una recaída (era parte del trabajo), por ende, siempre llegaba antes del suceso y hacia lo que fuera para animarla. Desde invitarla a comer, llevarla a patinar o comprarle regalos que sabía que le gustarían. Lo que fuera para que olvidara la idea de quitarse la vida.

Luego de que ambos dijeron todo lo que debían decir, se miraron fijamente, los rostros inexpresivos se volvieron sonrisas y una aceptación a la anterior pregunta había hecho que el ambiente se animara.
Había costado siglos, tal vez eras. Pero la muerte y la mala suerte por fin estaban juntos. Y no pensaban separarse nunca de los nuncas.

Ambos seres catastróficos, tan desbordantes de amor por el otro, decidieron no perder tiempo y poco más de un año después ya se estaban casando. Algo sencillo y sin invitados, incluso sin sacerdote que oficializara la unión. Basto con ir a un bosque en donde no causaran ningún daño a nadie, recitaran sus votos y le pidieran al mismísimo Dios que les diera su bendición. Lo cual ocurrió poco después, pues el cielo se despejo, la brisa soplo, y la mortalidad de Vivi se acabó; ella nunca más seria una humana, pero estaba feliz, pues pasaría el resto de la eternidad con Marcus.

Verdaderamente, Viviana había caído en los brazos de la muerte. Y era su mala suerte la que lo había guiado hasta él.

La feliz pareja entonces, fue coronada por el más alto como el dúo de la perdición. Él, el rey de los muertos; ella, la reina de la mala suerte. Desde entonces, Vivi participo en los viajes de “negocios” de Marcus, para liberar a su ciudad de la oscuridad que ella emanaba y empezar a esparcirla por todos los sitios a los que ambos llegaran.

La historia continua como ya se supondría. Siguieron juntos desde entonces y hasta el dia de hoy, estoy segura de que lo seguirán estando aún después del fin del mundo. Unos años después tuvieron una hija, la mejor de todas las criaturas catastróficas y la más hermosa también; la llamaron Scarlett, aunque como apodo cariñoso solían decirle “Desgracia”. 

Porque, ya saben, de la pérdida y el infortunio, nace la desgracia.

La muerte y la mala suerte son comúnmente despreciadas por todos. Lo entiendo, nadie quiere morir, y nadie quiere sufrir accidentes. Pero nadie se da cuenta que gracias a ellos se tiene la vida que tanto disfrutan. Sin malos días, no puede haber buenos momentos que saquen sonrisas. Y sin muerte y pérdidas dolorosas, no se apreciaría la vida que queda con los seres amados. 

No digo que sean las designaciones más agradables, pero son papeles importantes que deben seguir haciéndose a pesar de la desaprobación y el odio que los humanos les dan.

Hay que sufrir y llorar, para amar y apreciar.

Por eso y mucho más, yo creo que mi mamá es la mejor mujer en todo el mundo. Nadie podría soportar tanto como lo hace ella, más lo que sufrió en sus años de mortal. Ojala algún dia yo viva una historia tan emocionante como la de Marcus Catástrofe y Viviana de Catástrofe. Mis padres.


ATTE: Scarlett “Desgracia” Viviana Catástrofe

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