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Historia Corta - La iliada de Victoria

RESUMEN: Es la historia de amor de una lectora y soñadora adolescente llamada Victoria, donde sus fantasías se convierten en realidad cuando conoce a Paris. A los doce años, Victoria, estaba en el salón de clases de la secundaria; se sentía extraña y fuera de lugar pues era la primera semana estando en una escuela nueva y sin conocer a nadie, bueno, sólo a dos que venían de su misma escuela. Uno de esos primeros días al sonar la campana para salir al recreo tomó la decisión de no hacerlo, prefirió quedarse sentada en su butaca. Eso de ¿quieres salir conmigo al recreo? ¡Le sonaba tan extraño! No tenía idea que tanto implicaban esas palabras y que tanto la comprometerían. Los minutos fueron pasando y ella sólo veía a través de las ventanas, sus pensamientos viajaban a un lugar distinto al que se encontraba, podía ser cualquiera de esos que figuraban en sus libros que leía. Su mirada se encontraba perdida entre el infinito de sus historias pero, como si fuese una piedra lanza…

Historia Corta - La habitación prohibida

Resumen:
Una joven da asilo en su hogar a una desconocida durante el día de muertos, mas en el transcurso de la noche el comportamiento de su extraña visitante la inquieta al grado de arrepentirse de su decisión. Ésta le da una encomienda para después desaparecer y conducirla a un funesto descubrimiento.

Era una noche fría y lóbrega, con un espeso viento cargado de rumores espectrales, y un profundo hedor a humedad; era 2 de noviembre.
Mantenía la mirada fija en la llama danzante de la vela que había sido colocada justo en el centro de la cripta, mientras escuchaba con indiferencia nuevamente la historia de la vida de mi abuela. A fuerza de su repetición a lo largo de los años, casi había logrado memorizar el invariable monologo que, entre otras cosas, narraba su llegada desde España cuando aún era muy joven, el cómo aprendió la labor de costurera y finalmente como contrajo matrimonio. 
El oscuro cielo nocturno comenzaba a iluminarse con las primeras estrellas. Las familias habían comenzado a aglutinarse en el cementerio desde la mañana, pretendiendo honrar a sus difuntos acorde a la tradición, pues se suponía que era la única noche del año en la que se les permitía visitar el mundo de los vivos.
Estaba agotada al límite de mi resistencia, apenas podía mantener los ojos abiertos contemplando el altar. Usando mi fatiga como excusa, conseguí retirarme, aunque no sin antes recibir una sarta de argumentos respecto a la importancia de velar durante toda la noche.
La casa en la que residía había pertenecido a mi abuela y había pasado a la propiedad de mi padre una vez que ella falleció. De día, el conjunto le resultaba feo a casi cualquiera; Por la tarde, era lúgubre; Y de noche, siniestro. Era una casona de estilo colonial ubicada al sur de Michoacán, la envolvía una sensación deprimente y una atmósfera tétrica, pero aun con esto era una propiedad muy bella -aunque seriamente afectada por el transcurso del tiempo- y vivir ahí era soportable.
Una vez concluido el tradicional ritual de cada año, volví a casa sola, como ya era costumbre. La hasta entonces mansa lluvia y el estrepitoso sonido de los rayos que me acompañaron durante todo el camino, iluminando apenas la calle durante una fracción de segundo, aumentaron su violencia, aunados a la inconfundible sensación de una mirada siguiéndome a cada movimiento. A pesar de sentir un sudor frio recorriéndome la espalda, deje escapar una leve risa forzada, dudando de mis sentidos, pues la calle se encontraba repleta de transeúntes y considere que traslucir cualquier inquietud sería patético. 
Ya avanzada la noche, sin poder conciliar el sueño debido al estado exaltado en que se encontraba mi mente, me senté en el frente de la casa a leer un poco acerca de filosofía. Las personas cruzaban por la acera de manera distraída, parecía no importarles la hora que era vigente. La noche era lluviosa y sin luna. El paisaje, aunque lúgubre, me producía un extraño placer, pues no había ninguna situación horrible o indeseable que me hiciera sentir temor. Me encontraba con la mirada absorta en mi libro de autor alemán, perdida profundamente en la lectura, cuando un débil frufrú de vestidos que acompañaba la  sensación inconfundible de dos dedos rozándome la nuca me hicieron alzar la mirada; Frente a mí había una mujer de mediana estatura y figura delgada, tenía el semblante austero que era débilmente iluminado por una sonrisa. Vestía un estilo anticuado y sus ropas estaban un poco roídas, dejando al descubierto escasos centímetros de piel pálida. Su rostro era enmarcado por descuidados bucles castaños que se precipitaban hasta sus hombros. Tenía una nariz fina y labios delgados que se trazaban en tono grisáceo. En el centro de su rostro mostraba unos ojos de profundo color negro que relucían de manera excepcional. El brillo proyectado en ellos era lo único que podía constatar cierto grado de vida en la mujer, pues parecía que para proyectar esa belleza habría sido necesario robar dos luceros a la bóveda celeste. 
Se mantuvo vacilante bajo la lluvia algunos instantes, hasta que torpemente avanzó tres pasos hacia mí. No me hubiera molestado su presencia de no ser porque mantenía al mirada fija sobre mi persona Tenía un aspecto desorientado.
-Disculpe, ¿observa algo particular en mí?- le dije, pues ya no soportaba más su mirada.
-Oh, disculpe mi descortesía, me preguntaba si podría hospedarme en vuestra casa por esta noche- respondió con voz ahogada, como si viniera de otra parte que no fuera su cuerpo.
-Lo lamento, no puedo hacer eso.
-Le pagare bien- repuso
-No es dinero lo que deseo. Supongo que ha de entender que usted representa una completa desconocida para mí.
-Por caridad, le ruego, no me deje sola esta noche.- su rostro tenia marcado un rastro de sufrimiento, y sus ojos reflejaban una infinita tristeza. Aquellas palabras pronunciadas con dificultad sonaban como un grito desesperado rogando por auxilio, así que casi en contra de mi voluntad accedí, pensando que aun si ella albergaba en su mente la idea de ocasionarme algún mal, su endeble constitución no representaría una amenaza real a mi integridad.
La casa solo contaba con tres habitaciones dispuestas para el uso; una de ellas era la mía, y obviamente mi inquilina de ojos saltones no podría dormir ahí; La otra había pertenecido a mis padres, por lo que se encontraba bajo mi resguardo, y la última se encontraba bloqueada desde mis más antiguos y vagos recuerdos.
-Lamento decirle que no tengo ninguna habitación para usted, ni siquiera por esta noche. Si lo que desea es un breve resguardo de la tormenta, siéntase en la libertad de reposar en la sala.
-¿Habéis olvidado aquella?- dijo, señalando la habitación prohibida. Casi en contra de mi voluntad, y fastidiada por aquella mujer, cogí un grueso manojo de llaves de la cocina e intente abrir las cerradura con todas ellas sin obtener resultado, hasta que llego el turno de una llave antigua, quizá tanto como la casa, y entonces la cerradura se abrió emitiendo un chillido ensordecedor. Eche una mirada profunda al lugar, estaba impregnado de una repulsiva y maloliente decrepitud. Era amplia y de techo muy alto, solo los muebles cercanos a las ventanas quedaban iluminados por errantes rayos de luna, el resto se escondía en una lóbrega penumbra. La mujer se encontraba con la mirada perdida en mi pequeño altar de muertos. Mirando con especial atención la fotografía de mi abuela, luego la de mis padres, en ese orden.
-¿Cómo fue que habéis conseguido esta propiedad?- me pregunto sin apartar la mirada de la fotografía.
-Fue una herencia- respondí, un tanto incomoda respecto a su cuestionamiento.
-¿Ellos son vuestros padres?-Desconocía su procedencia, pero me resultaba intolerante, igual que su acento. No parecía notar que su habitación se encontraba preparada.
-Sí, así es.
-¿Podría conocer vuestro nombre, querida?
-Soy Victoria Posada -respondí con aspereza. Observo su imagen durante un momento frente al espejo, acariciando el reflejo de manera curiosa con sus pálidos dedos.- ¿Le gustaría comer algo?
-No, es muy amable, pero ya he merendado con algunos familiares.-Arque las cejas, no me explicaba porque si tenía familia había ido a mendigar asilo a mi hogar.- Pero ellos-musitó - me han negado el asilo y la compañía humana esta noche.- La mire enternecida, puedo jurar que casi sentí lastima por ella.
-Disculpe-interrumpir su relato-, esta será su habitación, aunque me temo que no se encuentra iluminada.
-Descuide, es perfecta- me miro conforme, con una sonrisa frágil en sus pálidos labios, en ese instante, algo indudablemente humano figuraba en sus ojos- si no le inoportuno, me atrevería a pedirle un favor…
-¿De qué se trata?- Pregunte indiferente e inconforme con su confianza.
-¿Podréis llevar esto al cementerio por la mañana?- dijo, entregándole un gran medallón dorado envuelto en un fino pañuelo blanco.
-¿Cuál es el motivo de tal encomienda? – pregunte, seriamente extrañada.
-¡Ah! Debí asumir que me cuestionarías. No le culpo. Cualquiera se negaría a realizarlo. La verdad es que me hallo perdida. Todo en mi entorno me resulta desconcertante. Solo albergo una certeza…- No dijo más. Su mirada se perdió en un punto muerto del espacio. Intrigada por aquel extraño comportamiento interrumpí su fantasía.
-Lo llevaré por usted.
-Le agradezco, querida.- Me indico con exactitud a donde debía llevarlo, su indicación no me contrariaba en extremo puesto que el lugar señalado se encontraba próximo al que yo visité horas antes. Después de terminar la encomienda se fue a su habitación. Una vez que mi invitada se había retirado a dormir yo hice lo mismo. 
Ya hacia un rato que me había acostado y una extraña sensación no me permitía dormir. Mi mente gestaba toda clase de posibles escenarios que me obligaban a arrepentirme de la decisión de alojar a aquella extraña mujer. Fui poniéndome tensa, al grado que tuve que incorporarme de la cama. La puerta se encontraba entre abierta, igual que la ventana, y por ellas se colaba un viento infernal que recorría la habitación. No podía dejar de pensar en mi invitada, aquel rostro guardaba cierto rasgo característico que evocaba a mi mente un vago recuerdo de antaño. No obstante, a la par se me presentaba ignoto. 
Salí de mi habitación finalmente. Me había parecido escuchar que la mujer de los ojos saltones se retorcía  en su cama sin poder dormir, y que la madera de la estructura de esta crujía secamente al hacerlo. Incluso me pareció oírle gemir y supuse que tendría algún malestar pasajero. Me sorprendí al notar que ella también se encontraba despierta, contemplando aun su imagen proyectada en el espejo. De la habitación prohibida provenían pasos débiles que intente ignorar, pensando que era imposible cualquier clase de perturbación en ese lugar. Su mirada era la de una loca.
-¿La he importunado con mi atrevimiento?
-Por supuesto que no. – Pareció no escuchar mi respuesta. 
-¿No le parece extraña esta vida? Al que se va le olvidan, y al que se muere lo entierran. De haber sabido lo que era la soledad, hubiera preferido que me incineraran. Ya no se preocupe, le prometo que esta será la última noche que me verá por aquí.- Me limite a ascender, temiendo que compartiera mi casa con una loca. Ese brillo había desaparecido por completo de sus ojos, y con él la única forma de vida que parecía habitar su cuerpo. Rió de manera perversa, dibujados una sonrisa en sus nauseabundos labios. Su risa, lejos de parecer una expresión de alegría humana, era algo similar al llanto de un niño, pero después se convirtió en un sonido inhumano y terrorífico. Me despedí y fui a mi habitación con una sensación extraña y próxima al temor. Cualquiera que la hubiese visto esa noche, de inmediato hubiera comprendido mi impaciencia por ver el sol. 
Por la mañana, la luz aclarecía todo y descubrí, con inusual placer, que mi inquilina había desaparecido. Ya al mediodía, dispuse a cumplir con mi tarea, pues aunque la mujer no podría cerciorarse  de si esta había sido cumplida o no, algo me motivaba a hacerlo. Quizá el temor de que esta volviera si ignoraba su encomienda. 
Camine por las calles impregnadas del dulce aroma de la canela hasta llegar al cementerio. Ya ahí, con temor, note que el medallón de la mujer contenía dos pequeñas fotografías circulares sujetas al marco y visibles solo una vez que este se abriera. Una era su fotografía, la mostraba alegre y con aire resuelto; la otra, era una anciana que yo reconocía. Era mi abuela. En su cripta se encontraban los restos de la celebración anterior; los fragmentos de la vela carbonizada que eran imposibles de retirar, simples migajas del pan de muerto y las flores de cempasúchil con menor vida y llamativo que por la noche. En ese momento vinieron a mi mente un sinfín de recuerdos, y reconocí ante mí la figura de aquella intolerable mujer. Las sombras de esa habitación gigantesca alejada de la luz y la alegría, en donde aquella mujer aullaba de dolor, suplicando misericordia hasta el día de su muerte. 

Desde entonces, supe quien era, lo supe, cuando con mis propias manos cumplí la tarea que me había confiado tan solo la noche anterior, y en ese gesto descubrí que los restos de mi abuela no se encontraban en la cripta.

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