Skip to main content

Historia Corta - La triste historia de la primera cita

Estábamos sentados en los columpios viéndonos el uno al otro, estábamos sentados no de la manera convencional, estábamos de lado para poder vernos mejor, yo la veía fijamente mientras ella se sonrojaba y se ponía a reír y muy nerviosa, pude ver su sonrisa perfecta y escuchar ese sonido raro que hace cuando se pone nerviosa, además de apreciar sus grandes pómulos y su sonrisa perfecta, tenía sonrisa Colgate, dientes perfectamente alineados y bastante blancos a mi parecer; empezó a reproducir sus canciones y me platicaba de gustos que tenia de la música, yo le hablaba de la música clásica en comparación con el reggaetón y ella no se quejaba ni decía nada, dijo que le gustaba una pieza musical de Bach y yo le comenté qué pieza de música clásica era la que me gustaba (era claro de luna), en ese momento me dijo que la tenía pero me quería decir algo y después de contármelo debería de ignorarlo; me lo dice y me sale pero le dije que no puedo hacer eso, en fin platicamos sobre m…

Historia Corta - Tenemos que hablar

Cuando abrió los ojos, aún podía sentir el frío metálico invadir su calidez.
Carolina, despertó sintiendo esa tristeza escurridiza que ya no la abandonaba, ni siquiera en los terrenos del imponente Morfeo. Era ya, lo mismo si se quedaba despierta o no. Los senderos líquidos recorrían sus mejillas y ese vacío que le apretaba los intestinos, parecía no tenerle piedad.
Su mente mordía con fiereza el recuerdo de la sangre que la llenaba de culpa, que no la dejaba respirar con libertad. 
A lo lejos del borde de su cama, brillos y brincoteos de una pantalla anunciaba a Mamá, se repetían al ritmo de una melodía que ella había elegido y que, sus oídos no alcanzaban a distinguir. Parecía que el sentido del sonido la había abandonado. Estiró una mano, lejos de su posición enroscada y perdida entre almohadas sólo para finalizar la llamada sin contestar.
La memoria de ese cuarto blanco y cortinas azules la estiraba y contraía como una ventosa que la revolvía. Como si la extremidad de un calamar gigante la quisiera elevar sin éxito alguno, así que, el tentáculo lo intentaba de nuevo oprimiéndole la cara y el cuerpo. La sensación de sentirse indefensa la acosaba desde todos los ángulos.
El viento de dicha habitación acababa por aventurarse en su intimidad, más de lo que ella hubo deseado. Apretó los dientes y aguantó. Soportó la mirada de su juez y verdugo de su alma, mientras este le retorció sus adentros para purgarla, para tratar de devolverle su vida, en lugar de quitársela.
Carolina, cerró los parpados y ya no quiso volverlos a abrir. Al final, caminó entre pestañeos cortos y siempre mirando al suelo, acobijada por la vergüenza que le lamía los pensamientos. Los cerraba cada vez más fuerte con cada paso, pues el dolor que le quemaba las entrañas era agudo y picaba como si le hubieran dejado un panal de abejas furiosas en su interior.
Había sido tanta la invasión, que sintió su espíritu ser destrozado como si fuera de papel. Le robaron su esencia de mujer y sintió que su valor se había quedado pegado entre las capas de lodo, que se queda entre las grietas de la banqueta.

Sabía que tomó la decisión correcta, pues en su juventud floreciente, tan sólo veinte, la universidad y su trabajo de medio tiempo como barista del centro comercial cercano a su casa, no le dejaba mucho futuro que ofrecer a nadie más. Pero aún así, eso no borraba la culpa, la tristeza, el ahogo de saliva al respirar.
Había pagado con dificultades su descuido, embellecido y falsificado por promesas que se evaporaron, como agua hervida, en la cazuela de la mentira. Su inocencia había sido degollada mientras ella miraba sin poderlo detener. 
La pantalla volvió a destellar, le avisó con apuro que su presencia, aunque le parecía pequeña en esos momentos, era requerida por alguien más; que para otra persona en el mundo, si importaba y esa, era su madre.
Las lágrimas no dejaban de correr, como si un grifo descompuesto no se pudiera cerrar dentro de sus ojos tambaleantes. Mamá, palabra que la aterrorizaba y al mismo tiempo, la necesitaba más que nunca. El miedo le arrancaba la valentía de la misma forma en la que le habían arrancado al pequeño ser que la abrazó en unión simbiótica.
Tomó el teléfono entre temblores que la hacían querer morir.
-¿Bueno? ¿Mamá? –contestó lenta y temerosa. 

–No, no estoy bien –dijo llorando- Tenemos que hablar.

Comments

Popular posts from this blog

¿Quieres publicar con nosotros? Lee los siguientes pasos.

La revista nace como una idea ambiciosa para dar la oportunidad de publicación a aquellos que no han encontrado cómo hacerlo. La única remuneración que se ofrece es publicar los textos seleccionados sin ningún costo, ya que somos una revista sin fines de lucro.
Nuestra idea central es poder publicar y vender las obras a un costo accesible con el único fin de solventar gastos del proyecto sin algún intermediario y continuar expandiendonos con el propósito de funcionar como una plataforma para aquellos autores que quieren mostrarse al mundo.

Requisitos:
Tamaño mínimo de la obra de una (1) cuartilla, máximo treinta (30) cuartillas.Tipo de letra Times New Roman, tamaño 12, interlineado a 1.5, texto justificado (en casos especiales se debe explicar por qué no se justifica el texto), formato .doc, .docx, .odtContáctanos al correo contacto@elfuturodelayerhoy.com para dar seguimiento.
Por favor toma en cuenta los siguientes puntos:
Nos reservamos el derecho de responder o dar razones de por qué un…

Segunda Convocatoria del Segundo Año para la revista "El futuro del ayer, hoy"

Historia Corta - Las criaturas de Pedro Linares

Las criaturas de Pedro Linares

Habían reído y hablado tanto que discurrió el tiempo sin que se dieran cuenta, tanto que pasaron por alto los repetidos avisos del agua hirviendo en el fogón. La risa y la charla disolvían los dolores, pero el remedio que indudable sanaría a Pedro estaba danzando entre burbujas en un cazo de peltre azul. Su abuela advirtiendo el vapor, se levantó de la silla para servirle un poco, apagó el fuego y se colocó en el extremo opuesto mirándolo beber. Mientras su tasa de té humeaba, notas dulzonas producían un efecto un tanto adormecedor. Un silencio invadió la cocina que era tan amarilla y cálida, que casi se pudieran haber olvidado del mal clima afuera. Pasó el primer trago y de inmediato pudo sentir la canela tibia por su garganta, bajar hasta su estómago e inundarlo con una sensación que lo hacía sentir bien.
Apartó el vaso colocándolo en su extremo derecho sin decir nada y exactamente así, se quedaron los dos. Por un buen rato permanecieron reservándose a …