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Poesía - A la Luna

Cada noche baña con su brillo todo a su alrededor. No importa si una nube se interpone en nuestra directa y limitada visión de ella, siempre estará ahí para hacer que el cielo se vea como una perpetua obra de arte que ni el corazón más sensible podrá interpretar durante el tiempo de toda su vida. Está ahí, justo ahí, espiando por tu ventana, ligando tu mirada a otro corazón dispuesto a apreciar lo hermoso de la vida. Abre la ventana, ata las cortinas y deja que su luz inunde tu noche y reconfortante tu descanso con la idea de que estás aquí viendo la misma luna que acerca los corazones distantes...

Historia Corta - ¿Otra ronda?

La noche del veintisiete de octubre de ese año, fue la noche en que presencié lo más insólito y a la vez bestial que pude haber vivido. Aún me pregunto que habrá sido, si una avería en la realidad, o un hueco interdimensional. O quizá una anomalía astral.
El dealer reparte una vez más. Al primer hombre se le nota una cara de emoción indiscreta, se delata a sí mismo; en su placa en la camisa se lee “Alfred”. El segundo hombre, por el contrario, levanta el labio en muestra de desprecio por su suerte; en su placa se lee “Levoir”. El tercer hombre, yo, me limito a mantener la misma expresión que tenía antes de recibir mis cartas. El cuarto hombre se levanta el sombrero para mirar al dealer levantando una ceja; “Manfried”. Por último, el quinto hombre, se reacomoda las gafas negras que viste y se limita también a mantener firmeza ante su suerte; “Bachman”.
El dealer comienza mostrando una reina de corazones, un rey de corazones y un diez de diamantes. El primero en retirarse fue Manfried, quien, sin esperar su turno, hizo volar el par de cartas al otro lado de la mesa. Alfred, por su lado, parecía ser muy entusiasta poniendo en apuesta 100 euros. Levoir, con un poco de descontento igualó los 100 euros. Yo, viendo mis cartas y confiando en una buena jugada, equiparé los 100 euros del señor Alfred. Bachman subió 25 euros más, cosa que no disgustó a nadie, exceptuando a Levoir, claramente.
Ahora con 500 euros en la mesa, empezó la segunda vuelta. El dealer prosigue a mostrar la próxima carta: un cuatro de diamantes. Alfred parece decepcionado y no desembolsa nada, se acomoda en su asiento y enciende un cigarrillo. Levoir limpia las comisuras de sus labios la saliva seca, hace un ademán de peinarse el peluquín y acomodarse la delgada y larga chaqueta que porta. Jugando a la suerte no escatima en tirar 50 euros sobre la mesa tras pensárselo un poco, luego se reacomoda en su silla volviendo a acomodarse la chaqueta que parece incomodarle. Es mi turno, sé que Levoir se arriesga mucho y por ende tiro 50 euros a la mesa sin reparo alguno. Mantengo la misma expresión, o al menos lo trato lo más posible al pensar detalladamente que cartas podría tener para jugársela de esa manera. Ahora Bachman me ha visto quizá algo confiando o seguro, y él lo sabe. Sabe que de una u otra manera no me afecta mucho las jugadas de los demás al poner más dinero al centro. Voltea a verme. Tras sus gafas negras sé que sus ojos me observan, debajo de ese sombrero debe haber una gran cabeza maquinando conspiraciones en mi contra, lo puedo sentir. Regresa la mirada a la mesa y coloca 50 euros. Fueron los segundos más tensos al estar bajo su mirada oculta. Por último, de vuelta con Alfred, ahora no muy entusiasta, dispone otros 50 euros y los coloca en el centro. Nadie más pone.
700 euros en el medio, y una última por develar. El dealer nos ha barrido con la mirada, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Levoir, se muestra un poco desconfiado al jugarse 175 euros ya. Se sigue moviendo el peluquín y pasando sus dedos índice y pulgar derechos por el bigotillo. Alfred dudaba, se sentía algo seguro de sí mismo y sus cartas, no obstante, se le veía en la mirada la duda, al son de sus pies cruzándose uno con otro continuamente. Bachman, el sujeto con gafas, gabardina larga, sombrero de copa y botas puestas, no denotaba expresión alguna, una presencia fría pero imponente, dura. Yo pensaba en una sola carta, pensé en la única carta que me haría aumentar considerablemente mis posibilidades de ganar esa ronda. El dealer me miró atentamente mientras posaba su mano sobre el puñado de cartas, como si leyese mi mente. En seguida bajó la mirada a la par de ir jalando la carta, la colocó sobre la mesa y la volteó bruscamente. Alfred sin pensárselo aventó 250 euros a la mesa. Pero Levoir cedió a su ímpetu. Tiró las cartas sobre la mesa y desenfundó una revolver disparando desde la cintura al dealer, que para su suerte falló rozándole únicamente el hombro. Apuntó y disparó instantáneamente a la cabeza de Bachman haciéndolo caer con todo y silla hacia atrás. Los anteojos salieron volando y el sombrero cayó a un lado. Nadie se atrevía a mirar el rostro descubierto de ese hombre. Levoir prosiguió a apuntarme, cuando irreversiblemente Bachman se levantó colocándose el sombrero y manifestó una sonrisa tenue pero burlesca. Su rostro evocaba una maldad indescriptible, tenía unos ojos rojizos cristal rodeados de un metal extraño que se fusionaba con un casco que protegía la parte superior del cráneo. Su rostro en sí parecía estar hecho de músculos y articulaciones artificiales y al igual que su pecho. Una especie de mercenario fue lo único que se me vino a la cabeza. Pero, ¿Qué clase de mercenario tendría partes articuladas artificialmente y de esa categoría tan avanzada? Bachman, al igual que Levoir, desenfundo una clase de arma proveniente de su pesada gabardina y disparó en el pecho a Levoir, quien colapsó de inmediato.
Esto es mío- Dijo él. Tomó el dinero sobre la mesa y la cartera de Levoir cuyo interior estaba vacío. Abrió la puerta y salió sin musitar un solo sonido, solo se escuchaban los pesados pasos de sus botas alejándose.
La última carta era un nueve de picas, la carta que me faltaba. De las manos de Alfred resbalaron una reina y un ocho de diamantes; junto al cuerpo de Levoir se distinguían, salpicados de sangre, un rey y un seis de tréboles; en mis manos, aún, había un siete y un ocho; en el piso, junto a las gafas rotas por el disparo, había un joto de trébol y un as de picas. Él tenía razón. Bachman tenía razón, el dinero era suyo.

¿Quién o qué era Bachman? ¿De dónde salió tan incomparable sujeto? No lo sé, nunca lo volví a ver, pero siempre que miro el cielo las noches de cada veintisiete de octubre revivo esa noche, esos lentes, ese sombrero, ese arma, esa gigantesca gabardina, y esas pesadas botas alejándose.

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