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Historia Corta - La iliada de Victoria

RESUMEN: Es la historia de amor de una lectora y soñadora adolescente llamada Victoria, donde sus fantasías se convierten en realidad cuando conoce a Paris. A los doce años, Victoria, estaba en el salón de clases de la secundaria; se sentía extraña y fuera de lugar pues era la primera semana estando en una escuela nueva y sin conocer a nadie, bueno, sólo a dos que venían de su misma escuela. Uno de esos primeros días al sonar la campana para salir al recreo tomó la decisión de no hacerlo, prefirió quedarse sentada en su butaca. Eso de ¿quieres salir conmigo al recreo? ¡Le sonaba tan extraño! No tenía idea que tanto implicaban esas palabras y que tanto la comprometerían. Los minutos fueron pasando y ella sólo veía a través de las ventanas, sus pensamientos viajaban a un lugar distinto al que se encontraba, podía ser cualquiera de esos que figuraban en sus libros que leía. Su mirada se encontraba perdida entre el infinito de sus historias pero, como si fuese una piedra lanza…

Historia Corta - Emilio

Resumen: ¿Qué sucede cuando la visión o la perspectiva del amor es distinta, cuando un vecino sin querer escucha situaciones de pareja que deben de prevalecer en la intimidad de cuatro paredes? ¿Qué sucede cuando el vecino escucha y tiene una perspectiva e incluso una opinión acerca de ello?

Dos perspectivas acerca del amor se reúnen en este cuento: la visión de un vecino que escucha todo y la visión de Marcela, que está herida porque su pareja decide irse. 

El amor funciona como acontecimiento extraño que ensordece y nubla los sentidos, llevándolo al extremo, al otro yo que funge como un dopleganger, ese yo que es el yo plañidero, ese yo que es mi yo enfermo, desahuciado, triste y desesperado. Y es que en al amor ¿Qué es lo sano, lo toxico, lo incorrecto? 

Palabras clave: Amor, toxicidad, perspectiva, cosmovisión, suplica, grito, llanto. 

Un nombre al final del pasillo se escuchó, un nombre, un recuerdo, una súplica y una voz: ¡Emilio, no te vayas por favor, sin ti, sin ti, mi existencia no tiene fuerza! ¡Emilio! La voz era intensa, preocupada, alarmante y Emilio era ausente, indiferente miraba el suelo, con rencor escuchaba las palabras de su mujer, ni una mirada, ni una palabra, ni siquiera algún movimiento que indicara importancia. 
Decidí asomarme y mirar, deseaba conversar con Emilio y con la suplicante mujer, después de la terrible escena bañada de indiferencia preferí quedarme a escuchar, palpar las palabras desesperadas de aquel sujeto femenino ¿Por qué habría sido la pelea? Y ¿a qué grado? Tanto así para que “Emilio” quisiera irse de su casa, y para que su mujer gritara con tanta desesperación que si él se iba para siempre, su vida fracasaría, que su vida no tendría sentido ¿Por qué? ¿A qué grado se ama tanto como para querer renunciar total o parcialmente a la existencia misma? ¿A qué grado el amor tiene esa fuerza que nos construye y nos renueva continuamente? Y ¿por qué si tiene esa fuerza de renovación se puede volcar en contra de nosotros? ¿Por qué? Las constantes preguntas vinieron a mi cabeza una y otra vez, mientras ella gritaba y no solo se escuchaba la desesperación, se escuchaba la tristeza y la ansiedad, provenientes de su garganta. 
Normalmente no suelo meterme en los asuntos de mis vecinos, soy una persona a la que no le gusta invadir la intimidad de los demás, e incluso no le gusta invadir terrenos ajenos, y ese… sin duda alguna, era un terreno que a mí no me correspondía, pero, la dignidad de Marcela (sí, me entere por otro vecino que se llama Marcela) que a diferencia de mí y con distinta perspectiva, aquel sujeto denigró con su discurso soez y divulgador esparciendo así con los demás vecinos la pelea que yo estaba reconstruyendo y dotando de modestia amorosa con todo y sus clamores. 
Marcela seguía sufriéndole a un sujeto que le estaba haciendo caso omiso, los gritos continuaron, hasta que por fin ella se calmó y recobro un poco la compostura, su dignidad no estaba completamente derruida. Seguí escuchando solo la voz de ella, y Emilio ni una palabra, sabía que él seguía ahí, porque Marcela, definitivamente se dirigía a alguien.
“¡Si te vas a ir, vete, ya no importa nada, olvida que me conociste en aquella fiesta, olvida que cruzamos nuestros caminos y terminamos varados en algo, que definitivamente no tiene ningún sentido!”. Lo último que alcance a percibir proveniente de Marcela, fueron esas palabras, de verdad quise asomarme de nuevo por la mirilla de mi departamento, pero recordé que yo no era un vecino cualquiera, que a comparación de los otros, yo si tenía pudor.  Y como es costumbre en las parejas tóxicas, Emilio regresó, con todo y su incapacidad para comunicarse, mostrar sentimientos o poder consolar a su mujer. Un nombre al final del pasillo se escuchó, un nombre, un recuerdo, una súplica y una voz.
  1. Emilio  
—Emilio ¡No te vayas! Una voz desesperada hizo eco en el pasillo.
—Emilio, por favor, ¡Te lo suplico, no te vayas!
Era mi voz haciendo ruido, mi boca temblaba, mis emociones no encontraban ningún tipo de consuelo y mis ojos desbordaban lágrimas mientras mi cuerpo se arrastraba.  
El contemplaba su reflejo en el sucio espejo, yo contemplaba mi nostalgia y la posibilidad de su absurdo regreso. Obligarlo a quererme, obligarlo a que sintiera de nuevo aquello que alguna vez nos unió, nuestro amor siempre fue así: ridículo, distante, disparejo. Prolongar lo inevitable –susurró–. Aún lo recuerdo, sucumbí ante la desesperación, era humillante tener que verlo a la cara, tener esas ganas de besarlo de nuevo ¡Emilio! Cada letra de su nombre flagelaba mi piel, sentía correr el calor de mi sangre por todo el cuerpo cuando rogaba que volviera. Aún recuerdo esa última vez, la mirada vacía, el tono indiferente de su voz, el color de esa piel que –según yo– imploraba ser tocada. 

¿Qué le pasaba? Un día como cualquier otro desperté, estaba él a mi lado, con su cabello revuelto, envolviéndome en sus brazos, sonriendo distraído. Desenterrar el recuerdo, quitar el lodo, remover el polvo y cubrirlo nuevamente de esperanzas. ¿Cuándo regresarás? Murmuré a su oído aquella tarde que lo encontré en el camino, acaricie el contorno de su rostro y desaparecí. Emilio me abrazo al amanecer, susurró nuevamente que nunca se iría, me abrazo como si fuéramos un solo cuerpo. No quise abrir los ojos.

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