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Historia Corta - El telar del abuelo

Resumen: En esta pequeña historia encontramos una de las tradiciones pasadas de generación en generación que es la realización de cobijas en telares a base de lana de borrego, logramos ver desde la perspectiva de una niña pequeña como es que las personas al crecer olvidamos lo fácil que puede ser para un niño elaborar las cosas aunque estas estén mal hechas, siempre logran cautivar a los mayores con sus ocurrencias, lo mismo ocurre dentro del relato, pues al ver las cosas tan extrañas que realiza su abuelo no logra comprender que es lo que él quiere hacer.
Te veo llegar y dices que tejeras, te imagino con hilos de colores y con unos enormes ganchos en las manos  - como cuando mamá tejía chambritas para bebes, o como las abuelitas de las caricaturas que sentadas  todo el día, tejen suéteres para sus nietos o quizás el método de las arañas sea más fácil, si quieres les preguntamos… Tu simplemente sonríes ante las cuestiones que te propongo, en ese entonces no sabía que realment…

Historia Corta - Criaturas

Resumen: 
El cuento explora un tema recurrente en la ciencia ficción: el apocalipsis. Sin embargo, la ciencia no es la que origina ni explica ni resuelve la situación, lo es la magia y lo sobrenatural. Con un inicio en el origen del universo, el clímax se centra en un futuro no tan lejano y la batalla de un científico para descubrir y remediar la muerte provocada por unos seres milenarios. Las ciencias blandas, argumento, no pueden separarse de las ciencias duras, ambas son dos caras para explicar la complejidad del universo.
Palabras clave: ciencia ficción mexicana, apocalipsis, cosmos, religión, futuro, naturaleza
Cuento:
“…surgieron las etiquetas de ciencias duras (ciencias naturales) y ciencias blandas (ciencias sociales y cognitivas), quedando el marbete de blando más cercano a lo peyorativo que a lo dignificante, extendiéndose esta percepción al estatus de sus métodos y procedimientos.”
Guillermo Orozco y Rodrigo González
No tuve un nacimiento como las criaturas que estaban con nosotros. Tampoco tengo forma ni nombre, color, textura o alguna otra cualidad suya, no sabía tampoco que ellas las tenían, pues en la nada no hay algo con que comparar para crear conceptos.
Vivíamos en el vacío, iluminados sólo por la energía de una esfera a la que tomamos como centro. No había algo que delimitara afuera de adentro, o arriba y abajo: afuera había nada y el arriba y el abajo no existían. 
Como el resto de los etéreos, era miembro del consejo que tomaba las decisiones. Cada que era necesario nos reuníamos por asuntos relacionados a la esfera central, a las actividades diarias (si es que podríamos llamar actividad a “algo” dentro de la nada), a las criaturas que nos acompañaban al rededor de esa pieza que contenía el todo; no se alejaban, ninguno se alejaba, tanto porque no había dónde alejarse dentro de esa nada como porque el interés de estar en ella ya había desaparecido.
Una de esas veces, un disturbio apareció. “Tenemos que decidir qué haremos con las gemelas”, sentenciaron. Hubo discusión, no recordaba que ellos pudieran discutir donde la comunicación no podía existir fácilmente pues desviar e interferir en la luz, y entender esos desvíos e interferencias, era un menester de mucha paciencia.
Las gemelas eran dos criaturas únicas, sólo idénticas entre ellas, y no tenían ningún uso ni destino para los habitantes de aquel no-lugar; su forma, su materia las convertía en inferiores. Eran un pedazo ordenado de ese todo que se conjuntaba en la esfera central.
Después de algunas reuniones, el exilio se estableció con bastantes oposiciones. Había quienes se habían enamorado de sus cuerpos, de sus extremidades, de su paz. No era fácil concebir que esos hermosos seres terminaran en ningún lugar, alejados de la luz que era el todo.
Yo era uno de esos que les había agarrado un cariño especial, eran de las pocas criaturas que me hacían pensar que podía haber algo distinto a lo existente. Entonces decidí utilizar una de las enseñanzas para manipular la luz y la esfera que, si bien no podía extinguir a quienes han existido siempre, me permitiría aturdirlos y escapar con ellas, a la nada.
Durante el consejo, desvié la energía contra cada uno: los esparcía, los comprimía, les impedía recuperar su indefinida forma lumínica. Fui por las gemelas quienes estaban listas para la ceremonia de exilio, les pedí paciencia.
Busqué a quien había propuesto alejarlas, convenientemente estaba cerca de nuestro centro. “Tienes que aceptar que existen”, reté. Peleamos. Su fuerza contra la mía. Resistió.
Después logré esparcirlo. Aún no sé cómo pero hice que aquello de lo que estaba compuesto rodeara a la esfera y su gravedad comenzó a succionarlo.
Fui con las gemelas y huimos entre la nada, sin una dirección pues no existía. Acababa de dar la espalda a lo único conocido para vagar eternamente con dos criaturas que ahora estaban asustadas. Entonces, una explosión. Demasiada luz, demasiada energía. Comenzó a aparecer la masa: pedazos de roca, pedazos de fuego, gases, chispas, cristales, metal; cosas, al final eran cosas, con forma y materia, con color y luz propia, con volumen y textura.
Había creado al universo, por accidente.
Desde nuestro refugio en el espacio recién creado vimos formarse a las estrellas, colisionar asteroides, seguimos galaxias con formas como las que componían los no-cuerpos de mis compañeros. Llegué a pensar que, como no podían morir, la explosión los había transformado en esos grandes espirales y esferas y rehiletes llenos de luz y rocas a montones.
Después de recorrer mi nuevo universo, les aconsejé a las gemelas  buscar un lugar dónde vivir otra eternidad. “No, no queremos, ¿y si alguien se vuelve a enamorar de nosotras?”, temblaron.
Alrededor de las masas que emanaban fuego y luz se encontraban pedazos redondos de rocas, cada uno distinto, girando. Pocos eran los que les permitirían sentirse en casa. Entonces encontramos uno de color azul, lleno de otras criaturas diferentes a aquellas con las que vivíamos, pero igualmente atractivas. El miedo de las dos hermanas creció, pero también su emoción.
Descendimos en un campo amplio, suave, algo húmedo. Ellas entraron en las costras de tierra y sintieron minerales, potasio, hierro. Todo era más grande que sus cuerpos, también más bello, y eso les agradó. Observamos  a quienes vivían allí: se componían de sangre y carne y comían aquello de lo que las gemelas estaban hechas. “Aquí no pueden enamorarse de nosotras, nos van a tratar como a cualquier otra; nos gusta”. Y parecían felices.
Me despedí. Quizá las vuelva a ver. De vivir en la nada a tener un universo por recorrer hay una infinita diferencia.
***
Aquí nos llaman alfalfa. Unos seres de carne y sangre, los humanos, nos empezaron a cuidar, nos cosecharon, nos dieron forma. Alimentamos a sus caballos, otros seres de carne y sangre que les ayudaron a viajar por campos y montañas.
Al principio éramos muy felices. Pero nos enseñaron la crueldad. Habíamos vivido unos años en el campo –un año es lo que tarda su planeta en dar una vuelta a su sol, una esfera que nos recordaba a la luz de la esfera central–; después se desató una guerra. Ellos comenzaron a golpearse, a atravesarse con lanzas, con espadas, con garrotes. Hubo gritos, hubo dolor; los humanos quedaban sin extremidades, sin poder ver o sentir, con odio y resentimiento en sus corazones, en esos bultos de carne que guardaban su alma y hacían correr su sangre, espeso líquido color vida del que nos bañaron varias veces y el cual nos brindaban como alimento, sin saberlo. 
Fuimos la fuerza de los caballos que los llevaron a salir, orgullosos, de sus hogares para conquistar otros. Por eso también llegamos a más territorios. Crecimos en extensas planicies y altas montañas, de tantos colores y formas, de templados y fríos climas, variados habitantes, extensos ríos, escasas lluvias. Conocimos a los hombres amarillos y las grandes murallas. Logramos vivir en las secas tierras donde las mujeres color arena y carbón platicaban con nosotras, nos trataban como hermanas, compartían con nosotras su sufrimiento y nos enseñaron a mejorar su salud.
Vimos grandes edificios decorados, fríos por fuera y cálidos por dentro, donde presumían rígidos dioses tan compasivos e iracundos en materiales opacos y brillantes. Convivimos con soldados, tanto valerosos guardianes como despiadados asesinos, también con campesinos quienes nos contaban historias o nos leían libros y cartas mientras disfrutaban la paz forzada del campo en tintes de esclavitud. Fuimos alfombra de tantas revoluciones que buscaban justicia, o simplemente poder.
Después llegamos a un “nuevo mundo”. Sentimos más muerte y tragedia, palpamos también la fe y vivimos un poco del amor que aquellos viejos habitantes tenían a los seres que llamaban naturaleza, donde dicen que pertenecemos.
Las mujeres de piel canela y voz suave nos rechazaron. Y eso nos gustó. El maíz, el frijol, el quelite y otros entes vegetales giraban en torno a su vida, y nosotros poco fuimos requeridas, poco fuimos tomadas en cuenta. Era un agradable lugar donde nos hacían parte del todo y jamás nos harían especiales.
En el norte, en tierras menos fraternas, conocimos a los seres vestidos de vaca y toro quienes exterminaron a otros hombres de piel roja. Ahí nos cultivaron para sus caballos, para sus ganados y manadas de corpulentos seres. Fuimos importantes, pero poco a poco nos dejaron de ver como criaturas y nos cultivaron por millares, con máquinas; nos multiplicamos y perdimos el contacto humano.
Durante el encierro a la que las máquinas nos sometían, el recuerdo de un niño humano perduró, fue el único ser con quien compartimos nuestra historia y él nos mostró su esperanza. Su calidez y bondad nos acompañaron con las vacas y borregos dentro de esas grandes cajas de metal donde crecimos a millares. Nos convertimos en la leche y la carne que comenzó a consumir el mundo.
Entonces el recuerdo del exilio, del nuevo universo, de los campos cubiertos de sangre, llenó nuestras raíces de ira y dolor para hacer nacer la venganza.
***
Mientras Júpiter comenzaba a ser minado por majestuosas máquinas, en la Tierra todo se cubría de verde: los campos y montañas, los cañones y laderas; los árboles, las rocas, las aves y los perros. Infinitos entrelazados verdes salientes de cosas antes vivas, arriba de las casas, abajo de las carreteras, adentro de los pulmones y estómagos. La alfalfa se había apoderado del mundo, vivía en el todo de este pedazo de roca en el universo.
El recuerdo de mi abuelo me ayudó a encontrar un sentido. Él era un hombre fuerte, de tez morena y brazos ágiles. Toda su vida contó cómo unos seres sobrenaturales en forma de alfalfa lo habían salvado de morir. Nadie le creyó, sólo mi abuela, una partera que también la hacía de sacerdotisa y curandera en su pueblo. Hay magia en la naturaleza, conexiones inexplicables, solía decir.
Mi padre los tachó de ignorantes, supersticiosos, como hacía el resto de los hombres de traje y automóviles lujosos que movían al mundo. Se convirtió en médico, pues había heredado esa vocación de su difunta madre pero no sus métodos. 
Seguí también una pasión similar: me convertí en botánico. Mi padre no pudo separarme del respeto a la naturaleza que mi fuerte abuela de piernas cortas me había inculcado, pero evitó a toda costa que repitiera los rezos, los ritos, las ofrendas, los remedios en frascos de colores y los ungüentos en bolsas. Sentí siempre una conexión con todo lo verde, con aquello a lo que mi abuela dedicó su vida y a lo que mi abuelo decía deber la suya.
Esta muerte verde llegó a mi laboratorio en una vaca, con ramas de alfalfa saliendo por la boca y la nariz, por el recto y las ubres. Aún respiraba, forzada. Llamé a mi padre en calidad de confidente. Entró con la sonrisa única que vestía cada vez que visitaba ese recinto, nuevo templo y extintor de supersticiones como solía llamarle. Charlamos un rato. Claro que esto no tiene que ver con las historias de tu abuelo, me dijo irritado.
La vaca murió, como era de esperarse. Me contacté con otros laboratorios y criaderos, hubo un par de casos similares en Roma y Egipto, nada relevante en número pero sí por coincidencia. Escribí un breve artículo para alertar de la situación, sabía que con suerte lo leería un puñado de personas que poco tenían que ver con la ciencia. Al día siguiente, dos casos más: Estados Unidos y Francia.
Salí de la Universidad. Conduje un par de horas hasta encontrar los irregulares campos que rodeaban las cajas metálicas donde los vegetales, el forraje y la carne se producían. Pasé todo el día buscando indicios en la zona de donde la vaca enramada había salido. Esos animales no tienen contacto unos a otros, todos viven separados en sus celdas, me explicó el empresario.
Esa semana visité otras granjas mecánicas. Entienda que no podía reportar esto o me habrían cerrado la fábrica, comentó sínicamente el ingeniero bigotón. Vacas, borregos, pollos, un caballo. Entonces llegó la alerta. Una pequeña granja en Suiza me contactó, una mujer cuidadora de cerdos había empezado a enramarse por la nariz.
Intenté alertar al jefe de mi área, de mi instituto, al rector. Mandé comunicados, llamé a las secretarías, empresas y farmacéuticas. Hubo preocupación, pero no movimiento, como había sido siempre con la burocracia mexicana. Recurrí a la prensa, afortunadamente les pareció relevante, pero el morbo de conocer a la mujer enramada a través de videos y memes lo hizo ver más como un chiste.
Habían pasado casi dos semanas. Un niño en Sudáfrica, una anciana en Perú y otra más en Nueva Guinea desataron el pánico. Se arrastraban por el suelo, lloraban, una de ellas tomó cloro y se volvió viral entre indignación y carcajadas.
Mi laboratorio registró tanto movimiento que invadimos la biblioteca y los edificios vecinos. Mi Instituto coordinó los esfuerzos de investigación en América Latina. Gané un par de premios al mérito científico, de esos que dan para decir perdón por no haberte escuchado antes. Llegaron más animales, llegaron más personas. Se habilitó un hospital completo para el bien morir de trescientos humanos que al primer mes se habían infectado tan solo en la capital. 
El panorama en las zonas agrícolas era alarmante. El miedo invadía a los empresarios quienes abandonaban sus cajas grises; los pocos que quedaban habían mandado a trabajar a su suerte a migrantes e indigentes para vender al triple la carne de los animales no enramados. Muebles quebrados, ventanas sin vidrios y con gruesas cortinas de vegetación, cuerpos confundidos entre las multiformes rocas y bajo las sombras de edificios y árboles.
Las ciencias biológicas no encontraban explicación. No había forma de que la alfalfa sobreviviera a entornos sin tierra ni minerales que absorber, o que sus raíces pudieran perforar los músculos o los huesos ni que se esparciera a otros cuerpos sin contacto directo. 
Supimos de una gran comunidad en la sierra Tarahumara, otras en los altos de Chiapas, en Tehuantepec, y en la región huasteca, las cuales no habían reportado casos. Son zonas preferentes a las que se destinarán recursos federales, anunció el presidente. Lo mismo sucedía en otras regiones a lo largo del mundo, increíblemente delimitadas.
Entonces volteé a ver a los antropólogos, sociólogos, lingüistas. Algunos de ellos ya habían comenzado a trabajar en el tema pero con tan pocos recursos que tardarían meses en empezar a encontrar relaciones. En un día tuvieron más apoyo que en cualquier proyecto de toda su vida. Cosmovisiones, restos óseos, historia, significaciones, vida cotidiana, relaciones de producción. Tanta energía de los especialistas que vivían en el campo y en los archivos, que discutían en las bibliotecas y en los foros sólo era superada por sus enormes caras de felicidad al tener la oportunidad de poner a trabajar a estas relegadas disciplinas, a estas formas inferiores e improductivas de algo que se hacía llamar conocimiento.
La misión minera a Júpiter se inauguró sin la fiesta planeada, los ojos estaban puestos en los hijos y padres de rostros sufrientes y pálidos; la muerte prójima era más cercana que la muestra de progreso y la riqueza. Entonces, mientras nosotros aún peleábamos con los procesos de enraizamiento, la transformación de encimas, los medios de contagio o el desarrollo de medicamentos, quienes trabajaban al hombre y su cultura dieron una respuesta contundente: los cultos naturalistas.
Mi padre soltó una carcajada cuando lo vio en el noticiero. Los científicos sociales, mote que aborrecía, descubrieron que las zonas no afectadas habían practicado desde hace siglos todo un sistema religioso que colocaba a las plantas como seres sagrados, exaltados en mitos, usados en remedios, unidas a los nacimientos y los ritos de paso como bodas o bautizos o muertes después de las cuales se esperaba otra vida. 
Estos pueblos habían evitado a la muerte enramada porque no habían tenido conflicto con los seres que la provocaban. 
Y había más. Las sacerdotisas, los chamanes, las parteras, los monjes mendicantes, los curanderos, habían recibido señales de esta reconquista del mundo natural, como insistían en llamarla. En sueños, suertes, profecías, se habían enterado un par de semanas antes que nosotros del inminente apocalipsis. Y no había forma de pararlo.
Hubo caos. Pero más un caos espiritual que de saqueo, muerte o lamentación. Los mercados donde trabajaban santeros y esoteristas se abarrotaron; filas interminables en las iglesias reabiertas decoraban las ciudades de primer y tercer mundo; los viajes a tierras mágicas como Catemaco, Matanzas, el África negra, las islas Polinesias o la India tuvieron tanta demanda que muchos aviones cayeron en el camino por fallas mecánicas, pilotos agotados o ataques terroristas de purificación. También aumentaron las solicitudes de ingreso a los seminarios, a ser apadrinados por comadronas y brujas y santeras y sacerdotes de todo sistema naturalista, a los monasterios de tradición oriental; aumentaron como no se había visto nunca en los registros históricos. La fe, si bien tampoco garantizaba una solución, brindaba una respuesta a la que la ciencia en ya tres meses ni siquiera se había acercado. 
La población mundial había reducido en 20% y el asfalto se perdía bajo una capa verde cada vez más densa. El miedo al contagio había organizado hogueras en plazas y parques donde el ejército arrojaba cuerpos humanos y animales ante la negativa de las viudas, quienes se despedían entre rabietas que terminaban en desmayos. Los padres quedaban mudos frente la impotencia de ver las ramas salientes de los pequeños pechos, de los pequeños oídos. También los niños lloraban a sus abuelos y mascotas, desconsolados al conocer a una muerte tan recurrente en edad temprana.
Los estudios continuaron y cada vez más gente se sumaba al proyecto, muchos de ellos sin paga. Los líderes de estos cultos naturalistas, algunos abogados, otros obreros o ingenieros o artesanos o historiadores o diseñadores o empresarios o campesino intentaban entender lo vivido y cada respuesta llegaba al mismo lugar: era inminente, era catastrófico, era necesario. Lo veían continuamente.
Medio año y casi no había alimento, el agua escaseaba, los servicios se volvían ausentes, la gente dejaba de salir de las casas a las que mantenían lo más despejadas posible de las ramas en paredes y techo. Sólo las zonas que desde siempre se mantuvieron limpias continuaron así. Si no fuera por las intervenciones militares ya habrían sido sobreocupadas y quizá destruidas. Debían conservar esos edenes como tales, ellos que producían el insuficiente alimento y las insuficientes, pero únicas, respuestas.
Entonces una mujer yoruba en la tradicional Matanzas tuvo un sueño. Toda Cuba difundió la noticia. Ese arrugado cuerpo de senos caídos y rostro angelical exigió un transporte. Debía llegar a tierras huicholas pero no sabía la razón.
En Nayarit lo esperaba un joven, descendiente de un linaje de sacerdotes mesoamericanos casi extintos en México. El inexperto wirrárika la encontró fuera de un reducido templo con muros de adobe y techo de madera. Después de un saludo le entregó a la sabía mujer un costal de semillas que ella reconoció inmediatamente. Es maíz, titubeó.
Pidió ser llevada al imperio alto, el de los grandes templos y las murallas. Los historiadores discutieron. ¿Los Alpes?, ¿China? Machu Picchu, en la parte inaccesible del Perú. Llegaron lo más rápido que la tecnología les permitió. A las dos horas se encontraron sobre la gran montaña, rodeados de restos de templos y casas que siglos atrás albergaron una ciudad de dioses. Frente a una roca sagrada, símbolo de pureza y poder para los antiguos incas, la sacerdotisa se anunció ante el sorprendente grupo.
Estaban ahí los más variados personajes: una monja anglicana de Angola, con hábito negro y manos gastadas por la caridad; un curandero somalí y otro australiano, ambos con collares de semillas y diferentes colores en líneas que recorrían sus cuerpos para llegar a sus rostros; una partera chilena de grandes y fuertes brazos; una mujer sintoísta del Japón de vestido rojiblanco que hacía resaltar su aporcelanado rostro; y tantos más que habían llegado por su cuenta o que habían sido traídos ante las desconocidas razones por sus gobiernos y grupos de investigación.
Un corpulento hombre descendiente del último rey nórdico se acercó, tomó las semillas y las colocó a un lado de cinco piedras que había acomodado en el suelo un niño de ojos borrados. Los granos blancos, rojos, amarillos, moteados y azules recibieron gran cantidad de inciensos, limpias, salpicones de agua y preparados varios, todo dirigido por el ancho y delicado hombre de hielo. 
Así pasaron dos, tres horas. La mujer yoruba dio unas palabras cantadas, todos se retiraron. Ella se sentó a esperar siete días, mientras hablaba con las semillas, las incensaba, les cantaba. Germinaron, las enterró con movimientos suaves y a las pocas horas fue traída una mujer mazahua quien, sin decir palabra, comenzó a regar la tierra con agua que antes bendecía recitando ritos inentendibles. Así lo hizo hasta que el maíz creció. Grandes y carnosas mazorcas que periódicos y noticieros calificaron de milagro en un planeta que no daba más que alfalfa, y que habían madurado en un tercio del tiempo que un cultivo tradicional. Los biólogos eran incapaces de explicar el proceso. Entonces se congregaron los mismos personajes quienes habían bendecido las semillas, se repartieron los granos y regresaron a sus tierras.
Año y medio después de que la vaca enramada llegó a mi laboratorio, el planeta comenzó a ver maíz alrededor de las abandonadas cajas grises, junto al asfalto, fuera de los hospitales, dentro de las salvajes casas. Quedaba 30% de la población y la mitad de ellos eran sacerdotes de algún sistema religioso naturalista o que había girado sus credos hacia ello. La alfalfa poco a poco comenzó a desaparecer de las calles y la vida comenzó a resurgir. Los ritos para la purificación del campo eran tan comunes como los conejos, reptiles, aves, anfibios, insectos que salían de la tierra y las cuevas, de los lagos y grietas, que parecían acudir al llamado destinado a hacerlos despertar de un profundo sueño o de alguna forma invitarlos a volver de la muerte.
Cuando se vio por televisión al primer tigre de Java, extinto décadas atrás, mi padre dejó de hablar. Amaneció muerto dos días después, en su cama. Sobre el buró dejó una nota. Tu abuelo no estaba loco, tampoco tu abuela, tampoco tú.
Coloqué su foto frente a mi computadora y comencé a escribir el libro que terminaría de cambiar al irreconocible mundo.
Las “ciencias” han cometido el error más grande al existir, al creerse independientes y superiores al hombre, a sus creencias, a sus sueños. Se nos olvida escuchar a lo que no podemos entender.
***
Es sorprendente lo que una esfera pudo guardar. Interminables formas de materia con tantos órdenes diferentes ahora conforman el todo, de alguna forma llenan la nada.
Siento cómo el planeta donde quedaron las gemelas comienza a morir, se seca, se comprime. No sé cuánto tiempo terrestre ha pasado pero no debió ser poco. Voy en su búsqueda, las encuentro apenadas y tristes. Me cuentan lo que pasó, el dolor que sintieron, la venganza ejecutada, el perdón que recibieron. 
Me ruegan rescatar al maíz y al humano, llevarlos con nosotros como homenaje y recuerdo, para colocarlos en otro planeta azul y variado. Acepto más por el amor que tenía por ellas que por gusto.

Vemos marchitar la Tierra y después explotar su sol. Viajamos por galaxias, surcamos meteoroides y cometas, encontramos un pequeño par de planetas azules tan juntos que al acercarnos parecen un solo cuerpo. Dejo ahí a las gemelas, al humano y al maíz; a una criatura que existe antes del todo, a otra que se convirtió en el todo de su propio espacio, y a otra más que ha ganado el todo por su bondad. Tres seres de diferentes tiempos y dimensiones a los cuales seguramente volveré a ver, quizá para entonces ya habré terminado de explorar mi universo.

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