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Poesía - El diablo entro en mí

La noche de ayer el diablo entro en mí, no supe cómo fue, lo cierto es que lo sentí. La noche era muy fría yo comencé a tiritar, temblaba de melancolía, temblaba de soledad, mi alma estaba vacía, sentía ganas de llorar. Creo que el diablo de eso se valió para atacar, y yo cansado de pensar la guardia descuide, y con un golpe de jab hasta el suelo me derrumbe. Quise incorporarme y los presentes se burlaron, con una risa tan perturbante que mi furia desataron.
Cuando me levante el frio desapareció, con desprecio los mire y la realidad cambio.

Ensayo - Ruido de fondo, de Don DeLillo, o la escritura que evita el miedo a la muerte


Resumen:
Uno de los narradores contemporáneos que mejor ha definido la deshumanización como efecto inminente de la creación de los entornos tecnológicos ha sido Don DeLillo. Su obra analiza motivos que han influido en  las políticas y economías de la última década del siglo pasado y en los albores del siglo XXI, especialmente, porque el terrorismo, la interculturalidad, la muerte como negocio y como debate ético y la globalización desigualitaria arbitran muchos de los argumentos de sus novelas. Ruido de fondo, escrita entre 1984 y 1985, es un ejemplo de la magnitud formal y estilística de un autor que apuesta por la innovación del lenguaje para poner en crisis la homogeneidad de los poderes fácticos imperantes. En esta reseña, analizamos algunos de los motivos mítico-temáticos más significativos de esta novela, como ejemplo de todo el imaginario de DeLillo.
Palabras clave: DeLillo – crisis – novela – muerte – ética – debate político.
Inherente al ser humano, lógicamente existe el ansia de la supervivencia y, en más de una ocasión, cada uno de nosotros se ha planteado si el final de nuestra vida es completamente conclusivo y terminal. El hecho de reconocer que nuestras biografías son limitadas puede condicionar, y de hecho así sucede, nuestra percepción ante la vida.
Lo que mejor define la poética de Don DeLillo es que, sin abandonar sus temas recurrentes en cada una de sus novelas, en Ruido de fondo, apuesta por una tesis concreta, como en cada uno de sus ejercicios literarios, sobre la que giran el resto de sus motivos míticos.
Antes de detenerme en el análisis temático de la reedición de 2016, realizada por Seix-Barral en su colección de Narrativa Contemporánea, (recordemos que la obra fue escrita entre el 84 y el 85), quisiera reparar en una de las características formales que caracterizan la narrativa del escritor americano y es esa licencia paradójica que se toma DeLillo para crear en el lector una clase de atmósfera caótica, donde las tramas secundarias, los detalles nimios y triviales, las estructuras paralelas, las elipsis contribuyen a crear una especie de lenguaje propio que transciende el estilo de cualquier otro escritor de su generación.
Considero que DeLillo es de los pocos creadores que reconoce que, tras Faulkner o Steinbeck, el logro de rozar con los dedos el concepto ambicioso de la gran novela americana es prácticamente imposible, además de estúpido.
Nada puede explicar mejor el horizonte al que hemos llegado que la propia trivialidad, la urdimbre de una posmodernidad asentada en la digitalización, la tecnocracia y las continuas interferencias que crisis económicas y manipulación de medios producen en el individuo para amedrentarlo, incluso extinguirlo.
Ese ruido de fondo no es accidental y ahí radica la verdadera naturaleza de un título que define perfectamente, no solo el contenido de la novela, sino también la propia génesis de una poética que no se frustra al describir el mundo, la sociedad americana en su conjunto, con sus defectos y virtudes.
Abandonando esas pretensiones artificiosas, consigue, sin embargo, lo que otros autores no ha podido y es redefinir nuestro entorno desde lo que es; trivialidad, fanatismo, marketing, noticias, alertas terroristas y una tecnología que automatiza al individuo convirtiéndolo tanto en un consumidor en potencia como en propio objeto de consumo. Basta acercarse a novelas como Cero K o Cosmópolis para descubrir que las empresas mercadean con la vida y con la muerte con total complacencia, sin ningún impedimento moral o jurídico.
Una vez que hemos advertido el formalismo heterodoxo que caracteriza a Ruido de fondo, DeLillo plantea un dilema existencial que recuerda a escritores de generaciones anteriores como Huxley, Orwell o el propio Phlip K. Dick; ese dilema consiste en si es lícito que el hombre sufra por temer a la muerte. Si es ético que cualquier sujeto viva su vida con esa espada de Damocles sobre su cabeza cuando puede existir, en el contexto de la novela, una medicación que nos libre de ese temor.
El protagonista, Jack Gladney, vive en una pequeña ciudad de Estados Unidos con su cuarta esposa. Experto curiosamente en la biografía de Hitler asume su existencia como cualquiera de nosotros, luchando contra los contratiempos que su vida sentimental, claramente compleja, implica. La aparición de una nube tóxica como consecuencia de una especie de cataclismo nuclear va a condicionar la vida de su familia y la suya propia, descubriendo que una de sus esposas está siendo tratada desde hace tiempo con una medicación para evitar el miedo a la muerte.
Como sucede en Cosmópolis o en Mao II, o en Los nombres, el argumento de la novela destaca por su singularidad paradójica, por su anodino planteamiento del conflicto de intereses entre los personajes y, sin embargo, todo parece coherente porque DeLillo escribe desde la verosimilitud que proporcionan las distopías elaboradas, fruto de unos temas y un estilo que se van repitiendo obsesivamente en cada una de sus obras.
Ese ruido de fondo solamente pertenece a Don DeLillo; es inimitable, recurre a su propia literatura, a una literatura que pone en crisis la aparente estabilidad de los sistemas económicos y tecnocráticos, llevando al extremo un proceso continuo de deshumanización en el que lo secundario para cualquier otro novelista se convierte en lo más importante: diálogos banales, descripción de paisajes urbanos, minuciosos detalles de marcas publicitarias y de toda clase de rótulos, irrupción de personajes sin rostro casi, que dicen algo y se desvanecen como fantasmas, los silencios, las elipsis.
Todos estos elementos traducen una sensación paranoica en la que al lector, como a los propios personajes, no les queda otra cosa que asentir, ser arrollados por la propia escritura de una vida cada vez más artificial y artificiosa, un futuro de deshumanización consumada al servicio de los monopolios.
La novela se erige así en una especie de réquiem que delata una de las posibilidades de nuestro futuro. Lo peor de todo y en función de la fecha de su primera edición, esa posibilidad puede que sea ya nuestro presente. O al menos uno de ellos.
Basta tan solo recopilar algunas de las intervenciones de los protagonistas para percatarnos de la magnitud de una fatalidad de la que nos hemos inmunizado.
“La rutina puede llegar a ser mortal, Vern, si uno la lleva al extremo. Tengo un amigo que afirma que ése es el motivo por el cual la gente se toma vacaciones. No es para relajarse, ni para divertirse ni para visitar sitios nuevos. Es para escapar a la muerte que existe en la rutina”. (pág. 326).
“Podrías depositar tu fe en la tecnología. Si te ha conducido a este estado, también debería poder sacarte de él. De eso se trata con la tecnología: por una parte consigue despertar nuestro apetito por la inmortalidad; por otra, amenaza con nuestra extinción universal. La tecnología es la naturaleza desprovista de lujuria”. (pág. 375).
“El miedo es antinatural. Los truenos y los relámpagos también son antinaturales. El dolor, la muerte y la realidad son cosas antinaturales. No somos capaces de soportarlas tal y como son. Sabemos demasiado. En consecuencia recurrimos a la represión, al compromiso y al encubrimiento. Así es como logramos sobrevivir en el universo. Se trata del lenguaje natural de las especies” (pág. 380)
“Opino, Jack, que, en este mundo hay dos clases de personas. Los que matan y los que mueren. La mayoría de nosotros pertenecemos al último grupo. Carecemos de la disposición, la rabia o lo que sea que configura la condición del que mata. Dejamos que la muerte tenga lugar. Nos tendemos y morimos. Pero piensa en lo que debe ser pertenecer al grupo de los que matan. Piensa cuán excitante resulta —en teoría— matar a una persona enfrentándose directamente a ella. Si ella muere, tú vives. Matar equivale a prolongar nuevamente tu vida” (pág. 381).

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