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Historia Corta - El canto de Dante

-Te querré mañana, y así, cada día, mientras estemos aquí. - repitió, Carlo, una vez tras otra. Parado afuera del granero se frotaba las manos nerviosamente, le sudaban tanto que constantemente se limpiaba en el pantalón. << El inagotable deseo de permanecer cerca de ti. >> Pensó. Y se sintió un tanto ridículo. Caminó despacio y con vacilación hacia su casa. Sólo tenía que dar unos cuantos pasos para llegar. Al otro lado de la calle, un hombre gordo y demasiado rubio, con buen aspecto de aseo, comía un pan en forma de trenza. Levantó su mano desocupada en forma de saludo hacia Carlo. Este lo ignoró y siguió caminando. Giró despacio la manija de la puerta, pero no entró enseguida, se detuvo mirando al fondo de la casa, era a donde se dirigía. Sus tristes cavilaciones fueron interrumpidas por un golpe en el hombro. Se trataba de su papá. A quien no podían quitarle la sonrisa. Lo tomó del cuerpo, y le lanzó una mirada que Carlo sabía lo que significaba. << Eres un buen chic…

Historia Corta - Juventud en Octubre

Juventud en Octubre

Mi infancia fue interrumpida. No recuerdo mucho. Aún despierto por las noches, sudando, gritando porque sueño, aunque realmente son pesadillas. Esos ojos mirándome, con las venas gruesas e inyectadas de sangre preguntándome “niño, ¿estás bien?”; Es para mí una pesadilla revivir aquella tarde en la tienda de don Apolonio. Con el tiempo me he acostumbrado. Uno termina acostumbrándose a sus demonios y miedos. Tengo más de 65 años pero siento que he vivido dos siglos, es asombroso cómo unos breves minutos pueden parecer una eternidad. Y más cuando eres un niño de tan solo 9 años.
Mientras comienzo a escribir este relato viene a mi mente mi madre. ¡Cielos!, aún recuerdo su perfume, el último aroma que pude percibir cuando se despidió de mí. Mi mamá era una madre soltera. Bueno, en este caso se aplica el término soltera cuando la figura paterna se comporta como otro hijo. Ella a veces lavaba ropa ajena y su último trabajo fue que se había registrado como voluntaria en una clínica, aunque por lo que sabía ella recibía como paga lo que los pacientes podrían pagarle, que estaba a 15 minutos de nuestro hogar; más tarde supe que fue una mentira.
Sin embargo la clínica era real pues ahí se atendían casos de emergencias, una vez me llevó mi mamá de emergencia porque de pequeño, según me contó, comí el pasto verde del jardín de la casa porque, según sus palabras, le dije que pensaba que eran fideos verdes.
Mis ojos se humedecen al revivir ese momento.
Recuerdo, tal como mirar a través de una neblina matutina, que en algunas ocasiones ella cambiaba y limpiaba a mi padre cuando llegaba borracho, su vómito y la orina de sus pantalones. Cuando lo hacía me miraba y aunque era pequeño recuerdo que sus ojos decían e irradiaban un anhelo fortuito: “no te hagas como él”.
En ese último día que vienen a mí los recuerdos, mi madre se despidió de mí no sin antes dejarnos el desayuno listo. Mi desayuno favorito era avena caliente con rebanadas de manzana, canela y pasas. Mientras me devoraba el plato, el primero de tres de hecho, en las noticias informaban de movimientos violentos por la zona llamada “Plaza de las tres culturas”. En esa plaza solía ir con mi madre a caminar por las tardes. Recuerdo lo feliz que me sentía con ella, ir tomados de la mano, ver los palomos volar a nuestro camino, los locales de comida, la paz que se vivía; la paz que ambos sentíamos de compartirnos el momento uno del otro como si ambos fuéramos un par de tontos disfrutando de su juventud.
Juventud, como la palabra de mi canción favorita.
Es como si un terrible presagio nos daba la oportunidad de disfrutar los momentos que pronto serían quitados.
No puedo evitar que mis ojos continúen húmedos, el recuerdo aún persiste y vive a través de los años. Estoy seguro que si perdiste a tu madre o padre entenderás a lo que me refiero.
En el hogar, en la última mañana que disfruté de un plato de avena, mi mamá echó una mirada, antes de partir a la clínica, a mi padre quien se encontraba plácidamente roncando en el sillón dejando que el alcohol circulara plácidamente por sus venas. Puso los ojos en blanco y se volvió hacia mí, me dio un beso en la frente y me dijo “me voy al trabajo, te portas bien y no salgas. Puede ser peligroso.”, me persignó, salió con su uniforme de enfermera y desde la puerta me guiñó con su ojo izquierdo y se puso su cofia. Irradiaba de hermosura, su cabello café claro lucía espectacular con los primeros rayos solares.
Esa fue la última vez que mi madre me persignó; esa fue la última vez que la vi.
Después de que nos despedimos, regresé a la cocina y prendí la radio. La música no era mala, llevo en el alma la década de los sesentas aunque la música de los ochentas no está mal. Estaba enamorado de Lorenza Lory, “juventud juventud”, me encantaba esa canción, cázala llevando en los labios un canto de amor.
En mi mente es nítida la imagen de aquel niño sentado en la cocina, desayunando un suculento plato con avena escuchando a su artista favorito.  Pero mi hermano se ha despertado (recuerden que mi padre era como hijo más para mi pobre madre)
- Buenos días, padre.- dije cortésmente.
- ¿Qué tiene de buenos, estúpido?- Respondió crudamente porque precisamente pasaba por una de esas, cruda. Como ya estaba acostumbrado a lo frecuente de su estado, no le di mucha importancia.
- Hace rato dijeron por la radio que de ser posible no saliéramos, que permanezcamos en nuestras casas, ¿sabes algo al respecto?- Le pregunté sin ver su rostro.
A veces la vida te hace madurar a temprana a edad. Hay cosas que un niño debería hacer antes de entrar a la adolescencia: jugar con yoyos, andar en bicicleta, jugar a las escondidas y las tradicionales como comer tierra (o pasto de la casa), beber agua por la manguera, rasparse, trepar árboles y darse buenos porrazos. Cosas por el estilo. En mi caso tuve que aprender a convivir con una madre trabajadora que salía a las 7 de la mañana y regresaba a las 8 de la noche y también, pues, lidiar con mi hermano.
- ¡Delincuentes!, eso es lo que son. Todos y cada uno de esos que andan bloqueando las calles. Deberían de castrarlos.
Sí, ese es mi padre-hermano. Aunque su pensamiento revolucionario ya no me impresionaba, algunas veces me preguntaba cómo un ser humano podría llegar a terminar así.
Mi padre trabajaba de albañil. Hacía bien su trabajo por lo que constantemente era contratado para hacer varios arreglos. Una vez nos presumió que destapaba los lavabos de varios artistas y políticos de la localidad, que a cambio de su silencio le permitirían recomendarlo con otros más clientes de igual o mayor alcurnia. Verdad o mentira, comida siempre había en la mesa.
Y alcohol.
Como dije, la vida te hace madurar rápido pero aún para un niño, desde mi perspectiva, sabía que las cosas no estaban bien tanto en casa, pues recientemente mi padre pasaba más horas sin hacer algo y una madre que las últimas veces ya no lo miraba. Los movimientos en las calles: habían militares y policías por las colonias, algunas veces se escuchaban detonaciones y gritos.
- Tú cabroncito- giré en mi silla para mirarlo pues era su momento de padre cual maestro oriental de montaña- jamás seas como esos revoltosos y piojosos, son unos flojos, no quieren estar en la escuela, el sistema existe y es por una razón. Si no hubiera sistema, esto sería un caos, fuéramos gobernados por burros e ineptos. Por eso todo vale pura madr…
Mis ojos miraban al vacío mientras: a) recibía la sabiduría de una persona que las 20 horas al día se la pasaba detrás de una botella o en coma etílica y b) vomitaba lo que fuera que tenía en sus entrañas.
- Iré con don Apolonio- dije sereno e indiferente a la escena - regreso antes del mediodía. Me levanté y esquivé a la figura paterna que aún no recuperaba de las contorsiones estomacales.
Don Apolonio era dueño de la tienda de la esquina. Era joven con bigote poblado, piel morena, según recuerdo no mucho mayor que mi madre. Era de espalda ancha, llevaba levantadas las mangas de su camisa hasta los codos, una me vez  me dijo que era para impresionar a los delincuentes potenciales pues era asaltado frecuentemente.
Se decía que tenía una escopeta guardada en algún lugar del local. Nunca me atreví a preguntarle.
Siempre que iba a comprar refrescos me obsequiaba alguna fritura o chicle bomba para el camino de regreso. No recuerdo que haya sido mala persona conmigo, o con alguien para ser precisos, porque siempre tenía algún buen consejo para mí; además porque el local de enseguida tenía una zona de lectura que me encantaba.
Bueno, está bien tengo que aceptarlo, me gustaba la chica que atendía. Me recordaba a Lorenza Lory.
- Buenos días, don Apolonio.- dije muy efusivamente.
- Hijo, ¿qué haces aquí?, ¿no escuchaste las noticias?, no debes salir a la calle. Puede pasarte algo con todo eso de los movimientos estudiantiles y la policía.
- Sí, escuché en la radio pero, bueno, quise alejarme un poco de la casa, me entiende, ¿cierto?
- Claro que sí, tu santo padre.
- Santo padre de la bebida- dije sonriendo.
- Pero no debes salir. He escuchado que habrá fuertes movimientos, los militares están saliendo y cada vez son más, la policía aún permanece en la zona, pero cuando ves a cientos de los verdes es que habrá problemas.
Mientras me decía esto don Apolonio y pagaba una gaseosa, a lo lejos se escucharon gritos, gritos de jóvenes. Solo pude distinguir «...rno corrupto»
- Sí, creo que esto ya me está dando miedo, don Apolonio. Creo que mejor me voy a mi casa.
- Es lo mejor, pero antes de que te vayas, toma esto.
Una medallita (después supe que era la imagen de San Luis Gonzaga). Pude ver cuando la sacaba del bolso de su pantalón, tomó mi mano derecha y la puso en ella. Brillaba, no era nueva, pero aun así el esplendor era espectacular.
- Gracias, don Apolonio.
- Cuídala y cuida de tu madre, hijo.
- Lo haré.
- Bueno, también de tu padre, no será perfecto pero tu padre al fin es.
Sonreí con su último comentario y salí corriendo mirando la medallita. Esa fue la última vez que vi a don Apolonio.
Es triste para mí en estos momentos pensar que a las personas las puedes dejar de ver en cualquier momento. Me produce una profunda melancolía pensar que mañana no esté aquí y no pude decir lo que tenía que decir (o hacer): ¿cómo me despedí de mi padre?, ¿cuáles fueron las últimas palabras?, ¿dije algo por el cual me arrepiento?, ¿cuántas oportunidades tuve para decir te quiero a esa persona?, ¿cuántas oportunidades tuve para ser y hacer feliz a las personas?
Al llegar a la casa encontré a mi padre dormido en el sillón con el televisor encendido mientras transmitía un partido de fútbol. Me asomé a la cocina y efectivamente había mucho que limpiar: platos sucios, mesa manchada y un charco de vómito que permanecía ahí esperando generar vida propia. Puse los ojos en blanco, suspiré y me puse en acción.
A la mañana siguiente, parece que el tiempo de un niño con vida adulta pasa rápido, fui despertado por gritos y disparos, mi padre entró a mi habitación (aún siento su tufo alcoholizado en mi cara)
- Cabrón, vámonos.
- ¿Qué pasa?- dije adormilado.
- Son disparos, se acercan los polis, arréglate y vámonos.
- Mi mamá, ¿dónde está mi mamá?
- ¡Qué te levantes con una…!
No terminó la frase porque lo hizo callar un disparo seguido de grito ahogado. Me recuerdo poniéndome un calzado deportivo y la mano de mi padre apretando mi muñeca, sacándome de la cama y con mi ropa para dormir aún puesta; mis ojos entreabiertos buscaban a mi madre. No la encontraba.
Mis ojos al fin se despertaron y vieron a decenas de personas corriendo por las calles, caras de miedo huyendo. Niños, como yo, padres como el mío, buscando refugio de aquello que producía miedo y horror. Una persona cayó.
Todos nos detuvimos, había sangre, ojos abiertos cuya miradas se dirigían hacia el cuerpo inerte de Luisa, la hija de nuestra vecina de tan solo (según recuerdo) 6 años. El grito ensordecedor de los padres ante el cuerpo de su hija fue de ultratumba. La madre también cayó. «Nos están disparando, directamente a nosotros», pensé.
Mi cerebro no terminaba de procesar lo que estaba pasando, como había dicho un niño puede madurar rápido, pero ser testigo de cuerpos cayendo y charcos de sangre es algo que daría a cualquier psicólogo una buena jubilación.
Mi padre rompió mi estado catatónico al tomarme de nuevo por las muñecas y retomar la huida. A lo lejos vi a unas mujeres con uniforme de enfermera, me solté de mi padre y gritando me dirigí a ellas: “mamá”. Pero fue un error. Ninguna de ellas era mi madre.
Mientras enfrentaba a mi error, mi padre-hermano caí al suelo.
De repente me sentí solo ante el mundo, todo me daba vueltas, me sentí como un espectador dando giros de 360 grados observando la obra de arte digna de un artista medieval. «¡Don Apolonio!», pensé y me dirigí hacia su local.
El lugar estaba abierto y olía a algo quemado, como a carne chamuscada o carbonizada. Ignoraba los llantos de la gente, mi mente trataba de no escucharlos. Entré sin darme cuenta el bulto oscuro que descansaba en la entrada, pues solo me oculté detrás del mostrador con una vista perdida y sin dirección solo viendo hacia un solo punto. Me deslicé y mis rodillas las tenía en el pecho, aún recordaba el momento, fue ayer cuando don Apolonio me dio la medallita…¡La medalla!
Metí mi mano izquierda, la saqué de mi bolso y me tapé con ambas manos mis oídos. Quería que todos esos ruidos desaparecieran. Incluso, recuerdo, tararear la canción “juventud juventud” una y otra vez “juventud juventud”.
Cerré mis ojos, me balanceaba como péndulo, mi mente estaba enfocada en una canción cázala llevando en los labios un canto de amor, pensaba en mi madre, cerraba con fuerza mis ojos para callar los ruidos de afuera. Mientras, sin percatarme, entraron algunas personas al local haciendo ruido a lo que más tarde supe que eran militares con sus rifles y cuarteleras, creía que esos ruidos venían de la calle.
Unas fuertes manos me levantaron y lancé el alarido más grande de mi vida. Miré unos ojos inyectados de sangre que tenían frente a mí y me preguntaron, “niño, ¿estás bien?”. Sentí como mis ojos se abrieron como platos. Me oriné encima. Todo se puso negro y hubo silencio.
Mi infancia fue interrumpida como inicié a escribir esta memoria. Terminé en casas hogares, en familias que perdían la esperanza en mí y me volvían a abandonar, pues solo estaba en silencio, aislado de aquella realidad, esperando que me dijeran que mi madre me buscaba.
Psicólogos platicaban conmigo, cuestiones de duelo, no es tu culpa y adelante, tiempo al tiempo y cosas por el estilo me decían.
Los años pasaban y yo seguía siendo el mismo niño que se ocultó tras ese mostrador y que a veces lo despertaban los gritos y...aquellos ojos inyectados de sangre que preguntaban: “niño, ¿estás bien?”
Y así cuando, en efecto, el tiempo hizo lo suyo y tenía la edad lo suficiente para conocer la verdad, más o menos a los 18 años, se me acercó el Dr. Rey, un viejo psicólogo, calvo y lentes redondos, quien nunca perdió la esperanza en mí. Me explicó el resto de la historia que ignoraba. Recuerdo que fue franco pero con un tacto como solo alguien allegado a uno puede ser.
Tu madre no era enfermera, era una lideresa del movimiento estudiantil. Había ciertos grupos que usaban “códigos” para hacerse identificar entre ellos, por ejemplo: plomero, bolero, enfermero o algún otro oficio que no llamara la atención de los demás. Murió cuando en el salón que estaban reunidos estalló una granada. Según voces, se piensa que alguien avisó a cambio de un puesto en el gobierno.
Tu padre murió instantáneamente tras recibir un balazo en la parte posterior del cráneo, la bala no salió.
La razón por la que pudiste entrar al local de (recuerdo que buscó bruscamente entre hojas de papel) Apolonio Méndez es porque varias granadas fueron lanzadas mientras él cerraba su negocio. Algunos testigos afirmaron que traía una escopeta al momento de bajar la cortina metálica que, según informes, “pensaron que iba a disparar contra las personas”.
El soldado que te rescató, después de todo no todos fueron iguales, entregó esto al doctor que te atendió y la guardé para dártela cuando estuvieras listo…
La medalla. Después de todo este tiempo sigue conmigo. Me acompaña en esta casa de retiro. Debido a mi edad y mis traumas de infancia, me declararon una persona mentalmente inestable y el gobierno paga mi hospedaje.
Mi medalla.
La limpio frecuentemente para evitar que el sarro oculte la imagen. San Luis Gonzaga. Patrón de la juventud. De mi juventud.
Pero no todo es malo. Aunque a veces despierto gritando y con las sábanas mojadas de sudor, no todo está mal. Me refugié en los libros, tomé amor a la literatura e historia (tengo especial fascinación por los temas del 68). Aquí las personas han sido buenas conmigo. Tengo de vecino de cuarto a un viejo ex oficial de una caseta de policías, Octavio; el pobre pierde su memoria y está atrapado en el pasado reviviendo el momento cuando sus compañeros fueron acribillados por un delincuente; es una historia que vale la pena contar en otra ocasión.
Sin embargo Octavio no es el único. Mi mente también comienza a fallar. Por eso escribo en este cuaderno todo lo que recuerdo de ese octubre.
En estos momentos que termino estas líneas, El Haragán canta diciendo que la culpa es de la sociedad y del medio y por eso el niño no lo mató. Sonrío y pienso que los niños jamás serán los culpables. Jamás seremos culpables.
Y de esta manera concluyo mi memoria.
Dejo el lápiz a lado, cierro el cuaderno y mis ojos para sentir la tenue brisa que proviene de la ventana; sentir que acaricia las arrugas de mi rostro, mientras en mi mente se reviven de nuevo las imágenes que acabo de escribir.
Recuerdo una dulce melodía, “juventud juventud”, y empiezo a tararear cázala llevando en los labios un canto de amor.



FIN

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