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Convocatoria séptimo volumen

 

Historia Corta - El beso de sal

El beso de sal


José Carlos la vio alejarse hasta perderse en la bruma espesa de la tarde noche; aún la cubría el abrigo azul que le había prestado, y sus ojos se inundaron del salino olor que aún le quedaba en los labios.
Conoció a la mujer tan solo unas horas atrás, antes de la caída del crepúsculo. Ella tenía el cabello de un color azabache, como las profundidades del mar; en su rostro los pequeños ojos brillaban en la distancia como lo hacen las pequeñas gotas de fósforo ante el oleaje en las arenas. Esos ojos le llamaron tanto la atención a José Carlos como si de un embrujo marino se tratara.
La chica parecía tan irreal que, ante la imagen que descuidadamente había aparecido junto a él mientras limpiaba la embarcación, se talló los ojos con los puños. Él volvía de una salida al mar abierto, y cruzando la bahía sonrió al observar a un pequeño grupo de vaquitas marinas que nadaban libres acercándose a su embarcación. Eran tan pocas ya, que no pudo disimular su ternura al acariciarles el lomo; aún cuando su presencia fantasmal, eran quizá una idea de la próxima extinción de su especie, que les hacía aparecerse por cualquier costa, tal vez despidiéndose.
Aún así, José Carlos las midió con la mirada, acostumbrado a las tallas de las totoabas y otros peces que acostumbraba siempre capturar en el Mar de Cortés. Les tomó algunas fotografías con su cámara réflex digital. Y mientras apuntaba datos, una de ellas se acercó curiosa a la embarcación. José Carlos se dio cuenta de que tal vez era la última vaquita marina hembra. El fuerte aroma de aquel humano fue lo que la atrajo. Ella se vio reflejada en los ojos del joven biólogo, que irradiaban confianza, y él a cambio le acarició el lomo con tal suavidad como si de una mujer se tratara. Se asomó lo más que pudo desde la embarcación hacia el agua, y le dio un beso en la nariz.
- Oh, pequeña; eres un rayo luz. Me gustaría protegerte contra mi pecho, cuidarte para que jamás te extinguieras.
La pequeña vaquita emitió un sonido entre áspero y tenue, aflautado; pues fueron las palabras correctas que ella quería escuchar. Desde el mar lo vio alejarse en la lancha que atravesaba el escarpado oleaje. Nadó y nadó queriendo alcanzarlo; pero era tan rápido el motor que la lancha se perdió en la lejanía. La diminuta vaquita se empezó a sentir triste y el llanto de sus ojos salaba aún más el mar.
El dios del Océano al ver la grande tristeza le concedió un deseo. Saldría unas horas a buscar el amor terrenal. Después ella moriría y, con ella, toda su especie ingresaría al paraíso de las bestias marinas. Sólo la recordarían en tristes documentales de naturalistas.
La vaquita aceptó el trato con el dios, pese al descontento de sus demás compañeros. El dios alzó la mano en un oleaje, y la transformó en bella criatura pedestre. Sus aletas eran unas delgadas manos, su cuerpo con singular gracia nadó muchas horas hacia la orilla de la playa. Iba desnuda, y cansada; al verla, la princesa Jusnai guardiana paipai de la bahía de Ensenada le dio uno de sus vestidos tejidos con sargazos.
Ella se lo puso, y camino por la orilla de la playa, apenas mojando sus pies. El agua era tibia, espumosa. Llegó al malecón y de ahí al embarcadero dónde José Carlos dejó la lancha de la facultad de ciencias, lugar donde hacía estudios sobre las especies marinas de la región. En cuánto vio al muchacho se llenó de ternura. José Carlos sin saber qué se trataba de la vaquita marina, se sintió atraído por aquella mujer de cabellos azabaches que se detuvo junto a su lancha.
Ella le sonrió y juntos caminaron por la orilla del malecón. La niebla iba adentrándose al puerto, y ella cruzó los brazos, pues sentía un poco de frío; no estaba acostumbrada a tanto viento sobre su piel. El biólogo le prestó su abrigo para cubrirla ya que una bruma espesa empezaba a inundar el ambiente del puerto. Siguieron caminando por el gran malecón agarrados de la mano, cruzaron junto a la imagen de una mujer en roca, y José Carlos le dijo que se trataba de la virgen del Carmen, patrona de los pescadores. Junto al ancla, emblema del recinto portuario, se abrazaron con ternura. Y así José Carlos cumplió la promesa: la tuvo acurrucada en sus brazos, la protegió del frío, y ella le dio un beso con sabor a sal. Entrada la noche se despidió de él, y el biólogo la vio alejarse con su abrigo puesto, brincando sobre las rocas de la playa, hasta que la perdió de vista.

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