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Poesía - Una nueva enfermedad (#8)

Una nueva enfermedad (#8)
Amar sin ser juzgado Amar sin juzgar Y el precio que he pagado Fue muy caro, solo Por querer amar sin jugar.
Yo siendo quien soy lo hice, Me enamore de alguien Fue un sueño que no realice Y ahora solo escucho su nombre.
Jamás se lo confesé Siempre me hicieron menos Por ser diferente hoy lo sé, Por llevar al toro por los cuernos.
La gente tiene miedo Huyen a lo desconocido Aunque digan ¨yo puedo¨ No logran estar convencidos.
Si lo confieso me sentí el Pero también me sentí ella Que soñó con enamorar a aquel Chico que dijo ¨eres bella¨
Cuando admití ser gay Me dieron la espalda

Escrito corto - Sirena de Santa Rita

Sirena de Santa Rita

Enrique Abraham Acevedo Weber

La bolsa sobre la cabeza de la niña no la deja respirar. Está en un lugar caliente y lleno de tierra. Sus pies le dicen eso, duelen y su cabeza también. No recuerda cómo llegó a ese lugar. Lo último que su memoria recuerda es que estaba en el parque. Era el primer día fresco en tres semanas.
Su madre no le importaba donde estuviera todo el día, solo que llegara ahí al anochecer. Lo hacía para prevenir que los extraños no pensaran ideas raras. Su madre le llamaba Mona, porque se la pasaba colgándose de los árboles. Su nombre era Doña Reyna Eva de la Ventura León.
En la escuela le decían Wendy y en la calle le llamaban Azulina. Sus ojos azules eran la característica que más llamaba la atención. Una niña morena con ojos azules era muy extraño.

En Santa Rita, era un milagro.

Azulina estaba acostumbrada estar afuera. Observaba el mar cuando todo se volvió negro. Ella soñó con ser una sirena, nadando entre esos peces pequeños y coloridos.
Cuando despertó, la estaban arrastrando de sus brazos, ellos la golpearon en su estómago.
Le quito todo su aliento.
Le susurraron al oído: Si vuelves a gritar, te destripamos. Ahora, camina.
Ella continuó el viaje donde harían algo prohibido.
La jalaban por los hombros, sus pies ahora le quemaban.
Azulina dijo: Me podrían cargar, me duele cuando camino.
La volvieron a golpear y rieron.
Ella reconoció una de las risas. Era la mujer con una sonrisa que sobrepasaba sus labios, marcada en su piel, que vestía de uniforme del ejército. La otra era de un hombre. Era del tipo de extraños de la que su madre le advertía.
Sentía que la bolsa se volvía húmeda y más caliente, su camisa húmeda del sudor. El camino era más duro y caminaban sobre rocas. Sus pies ahora se cortaban con las piedras.
Deseaba ser una sirena, pues ellas no tenían pies que se cortaran. Azulina cayó en el camino. Ambos raptores la pateaban y le decían que se levantara. Se levantó con algo de esfuerzo y empezó a cojear. La bolsa se soltó y ella sintió el aire. Los secuestradores se dieron cuenta y la patearon en la espalda. Su cuerpo rodó sobre las piedras. Su cuerpo ahora estaba cortado. Ella no podía ver el mar, supo que estaba lejos de Santa Rita. Tuvo un momento instantáneo donde el miedo se fue y otra vez su mundo se tornó negro.

Cuando despertó, ella estaba atada a una cama. El cuarto donde se encontraba olía a sudor, mierda y orines. Un aroma de desesperanza y terror. El techo era completamente blanco pero las paredes de color granate. Azulina vio que había dos camas, dos ventanas pequeñas y una silla café. A su lado se encontraba otra niña, Azulina la reconocía de los postes eléctricos. Recordaba haberla visto en la televisión, su abuela lloraba mientras enseñaba su foto, diciendo que no sabía dónde se encontraba. Su madre la abrazo al ver las imágenes. Ellas eran un poco similares. Pequeñas, morenas y con ojos azules, alrededor de los once años.
La niña de la televisión ahora no tenía un ojo. Su cavidad ocular se encontraba cubierta por una gasa café. Parecía como un cíclope de esas películas griegas que ella había visto.
Le perturbaba el ojo azul que penetraba aun con la oscuridad del cuarto.
La mente de Azulina empezaba a correr, sabía que tenía que salir de ese cuarto.
Ella tomó un gran respiro y empezó a gritar por ayuda.
La niña tuerta empezó a mover su ojo de lado a lado y a retorcerse. Su voz era ronca, ella murmuro: Para.
Azulina escucho esto y dejo de gritar. Inmediatamente, un par de adultos con máscaras de cerdos entraron al cuarto. Venían vestidos en ropas blancas. Azulina reconoció la voz de la mujer de la sonrisa marcada: ¿Tu nunca te callas, verdad?
La mujer abrió un estuche rojo y saco una jeringa llena de líquido verde. Se acercó lentamente hacia Azulina. La niña grito y grito hasta que la oscuridad llenó su percepción.

Azulina soñó estar en una playa, llena de arena y el azul del cielo rodeaba todo alrededor.
No había edificios, no había gente, solo palmeras y mar. Ella veía a las sirenas flotando alrededor de unas rocas. Azulina nado hacia ellas, pensando que podía preguntarle sus secretos. Las olas golpeaban su cuerpo, y sentía que se ahogaba.
Dentro del agua, podía ver a la niña de la televisión durmiendo. Su ojo se abrió y con sus manos estrangulaba a Azulina. Esta se despertó y susurro un grito de pánico.




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